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CAMBIO CLIMÁTICO
José Esquinas: “Vivimos un momento clave de la especie humana”

José Esquinas, en una frutería de Santa Rosa

Aristóteles Moreno

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José Esquinas (Ciudad Real, 1945) no es solo un ingeniero agrónomo. Es un aldabonazo sobre nuestras conciencias. Y, sobre todo, un torrente de datos perfectamente hilvanados que nos anuncian un futuro inquietante. Por ejemplo. El planeta produce un 60% más de alimentos de los que necesita. 35.000 personas mueren como consecuencia del hambre al día. Gastamos 4.000 millones de dólares en armas cada jornada. Un tercio de la producción agrícola mundial se desperdicia. La biodiversidad se extingue a pasos agigantados. Y, para colmo, caminamos con paso firme y constante hacia el desastre ecológico.

Su último libro, ‘Rumbo al ecocidio’ (Editorial Planeta), es el fruto de su prolífica biografía científica. Es hijo y nieto de agricultores. Durante 30 años ha sido alto funcionario de la FAO y ha viajado a 120 países del mundo. Quiere decirse que sabe de lo que habla. Todas sus afirmaciones están avaladas por cifras incontestables y razonamientos lógicos. Pero todo el enorme conocimiento acumulado y las dramáticas alertas climáticas no lo arrastran al pesimismo. José Esquinas cree que todavía estamos a tiempo de reaccionar. Solo hace falta conciencia y voluntad política.

En 2007 se instaló en Córdoba. Fue director de la Cátedra del Hambre y mantiene una agenda febril de viajes, conferencias y activismo social inagotable. La entrevista tiene lugar en su casa de Santa Rosa. Dos tazas de café nos acompañan en una vitamínica conversación que roza los 80 minutos.

Tenemos la suerte de vivir en un país que puede autoabastecerse y además vender mucho

PREGUNTA. Guatemala, 1977. Dos niños entran en el local donde usted cenaba y le piden los huesos del pollo. Los invita a sentarse a su lado para comer ante el enojo del camarero. Así arranca ‘Rumbo al ecocidio’. ¿De qué es síntoma el hambre de más de 800 millones de habitantes en el mundo?

RESPUESTA. El hambre ha existido siempre, pero se ha considerado un castigo divino. Hoy, en el siglo XXI, producimos el 60% más de lo que la humanidad necesita para alimentarse. Aquí hay un problema ético. Cada día mueren como consecuencia del hambre 35.000 personas.

P. Tenemos un 60% más de alimentos de los que necesitamos y mueren cada día 35.000 personas de hambre. En una empresa privada, el director general sería despedido de manera fulminante.

R. Sí. Pero, ¿quién es el director de esta empresa? Uno se puede plantear que, si se produce un 60% más, ¿dónde va lo que no se consume?

P. ¿Y dónde va?

R. Estos alimentos están en el mercado internacional, pero no llegan a la mesa del que tiene hambre. ¿Dónde están yendo? Hay otro dato. En el año 2005, por primera vez en la historia de la humanidad, el número de personas hambrientas y con sobrepeso se iguala. Y hoy el número de personas obesas o con sobrepeso es más del doble. Estamos hablando de 2.000 millones frente a 800 millones de hambrientos. Por otra parte, un tercio de esa producción mundial de alimentos se pierde por el camino.

P. Y no se evaporan, supongo.

R. No se evaporan. En muchos países en desarrollo falta infraestructura. No hay cámaras frigoríficas y los mercados están mal distribuidos. A nivel mundial, 1.300 millones de toneladas métricas se desperdician. En Europa, 89 millones. En España, 7,7 millones. ¿Qué pasa en Europa y en España? Una parte importante terminan en la basura porque han caducado. El 30% de los alimentos que tiramos van en envases sin abrir. Y ahí la responsabilidad no es política. Es nuestra. Que hemos comprado mucho más de lo que necesitamos.

P. ¿La basura nos define como civilización?

R. Es lo que se llama el antropoceno. Cuando escarbas en el suelo, vas viendo los distintos periodos geológicos. Si miras en el último periodo, lo que encuentras es acumulación de basura y residuos no biodegradables. Ahora mismo tenemos islas superiores a la superficie de Europa en los océanos que son de basura, gran parte de plástico. Ese es el antropoceno, desgraciadamente. El problema es que esa basura no cierra ciclos. Antes todo se reciclaba.

P. Se ha roto el ciclo.

R. Ese es el gran problema. La ruptura de los equilibrios ecológicos y de los ciclos naturales de los elementos. Y esa es la causa de los cambios climáticos. Un tercio va a los desperdicios, pero casi otro tercio va a malnutrición. A consumir mucho más de lo que se necesita.

P. Más datos: gastamos en armas 4.000 millones de dólares al día, lo que nos permitiría alimentar a los 35.000 fallecidos de hambre durante 120 años. ¿Alguien entiende esto?

R. Es difícil de explicar, si no tienes en cuenta los intereses comerciales y políticos. En 1963, Kennedy dice en el primer Congreso Mundial de Alimentos: “Hoy tenemos los medios y la capacidad para erradicar el hambre de la faz de la Tierra. Solo necesitamos la voluntad política de hacerlo”.

P. No hay voluntad política.

R. Es evidente. Kissinger dijo años más tarde: “Quien controla el petróleo controla los gobiernos. Quien controla los alimentos controla los pueblos”. Se están tirando alimentos al mar para hacer subir los precios en determinadas zonas. Hay una falta de racionalidad. Cuando yo era niño y se me caía un trocito de pan al suelo, mi mamá me decía: “Pepito, coge el pan, bésalo y cómetelo”. El pan era sagrado. Era la base de la vida. Era esencial para vivir.

P. El pan ya no es sagrado.

R. No. Los alimentos han pasado a ser una pura y dura mercancía. Un pequeño grupo de grandes multinacionales controlan la agroindustria del mundo.

P. Usted dice en la introducción del libro que hay un boquete en la nave Tierra. ¿Tiene arreglo?

R. Depende. Cuanto más dejemos que crezca, menos arreglo tendrá. Ese boquete en la nave Tierra, independiente de que esté en África, en Estados Unidos o en España, la que se va a pique es la nave entera y, por lo tanto, es responsabilidad de todos. Si dejamos que el agua inunde todo, ya no hay solución. Y eso es lo que está ocurriendo.

Lo que es un mito es pensar que desarrollo es igual a crecimiento económico

P. ¿Y quién se ha dedicado a hacer ese boquete en su propio barco?

R. Nadie de manera deliberada. Aquí no hay un culpable. Es todo un sistema que no tiene en cuenta esto porque no es rentable tenerlo en cuenta. Entre todos lo estamos haciendo. Unas políticas equivocadas donde se está dando prioridad a la economía sobre la ecología y el ser humano, y al beneficio sobre la subsistencia y el mantenimiento de nuestra casa, que es la única casa que tenemos. Se le está dando prioridad a un enriquecimiento que lleva al abuso de los recursos naturales limitados y perecederos. Y esto está llevando a la privatización de esos recursos y a la ruptura de los delicados equilibrios entre las especies. Y, por lo tanto, a la ruptura de los ciclos naturales, la formación de los gases de efecto invernadero y el calentamiento global.

P. Es decir: la agroindustria es incapaz de distribuir alimentos para todas las personas y además causa el 28% de los gases de efecto invernadero.

R. Sí, pero no es solamente responsabilidad del campo. Es también responsabilidad de otros sectores, como la industria o el transporte. La agricultura entendida como la cultura del agro es multifuncional. No es solo producir alimentos. Es conservar los recursos naturales, la biodiversidad, mantener el paisaje, el aire limpio y el agua cristalina, absorber CO2 y liberar oxígeno. Cerrar los ciclos. Lo que hacía mi abuela. Cuando en casa comíamos cocido, esa noche se cenaban croquetas. Y al día siguiente tortilla de garbanzos. Y lo que quedaba se le echaba a los guarros y a las gallinas. Y lo que ellos no querían se echaba al basurero, para después extenderlo en el campo como fertilizante. O sea, para nutrir a las plantas que nos alimentaban. Pura economía circular.

P. Usted dice que hay que dejar de subvencionar la agroindustria y potenciar la agroecología. ¿Y por qué no lo hacemos?

R. Hay un estudio de Canadá que evalúa el coste real de la agroindustria. En España, por ejemplo, el alimento medio que consumimos ha viajado entre 2.500 y 4.000 kilómetros. Por ese alimento, estamos pagando un euro. Y lo que vamos a pagar para eliminar los daños medioambientales y sobre la salud humana van a ser dos euros más. El precio real es de tres euros. Tres veces más. ¿Con ese precio habría éxodo del campo? ¿Habría empobrecimiento rural? ¿Existiría una España vaciada? Por lo tanto, lo que estamos haciendo es una subvención encubierta a la agroindustria. No se trata de volver al pasado, sino de desarrollar sistemas agroecológicos capaces de integrar los conocimientos tradicionales con los avances científicos y tecnológicos.

Y tenga en cuenta otro dato: para la producción de esos 1.300 millones de toneladas métricas de alimentos que no van a llegar a ninguna boca hemos utilizado 1.400 millones de hectáreas, que sería el equivalente a 28 veces la superficie de España. Y hemos utilizado la cuarta parte del agua dulce del planeta. Estoy hablando de 250 kilómetros cúbicos de agua. En producir esos alimentos que no se va a comer nadie estamos utilizando 300 millones de barriles de petróleo al año, que contribuyen un 12% a los gases de efecto invernadero. Eso es una barbaridad absoluta.

P. Ahora sabemos que los recursos del planeta no son ilimitados. Y los que hay están sometidos a una creciente mercantilización.

R. En tanto y cuanto todos esos recursos naturales se consideraban ilimitados, eran bienes comunes de la humanidad. Y la gente tenía libre acceso a ellos. En cuanto vemos que son limitados y son bienes escasos, empieza un proceso de privatización y pasan a ser un negocio.

P. ¿Se puede desmercantilizar el sistema agroalimentario?

R. Si somos capaces de producir una agricultura mucho más local y diversa, y respetuosa con el medio ambiente, sí. Primero, estás evitando que esas grandes cadenas controlen tus alimentos y, a su vez, te estás haciendo invulnerable a cosas impredecibles como es la guerra de Ucrania.

P. ¿Eso significa un regreso a la autarquía?

R. No. Estamos hablando de cubrir las necesidades básicas, como la alimentación y la energía. Cuanto menos dependencia mejor. Eso me da libertad y, por lo tanto, democracia. Tenemos la suerte de vivir en un país que puede autoabastecerse en alimentos y además vender los excedentes.

P. Si los recursos naturales ya no son ilimitados y lo sabemos, ¿el crecimiento es un mito?

R. Lo que es un mito es pensar que el desarrollo es igual al crecimiento económico. Sobre todo en consumo de recursos naturales limitados y perecederos. Eso es imposible. Por la sencilla razón de que ha crecido la población enormemente y han menguado los recursos. Para mí, crecimiento es mucho más. El crecimiento en vida interior, en satisfacción, en felicidad, en afecto, en relaciones con la naturaleza, en tiempo libre. Y todo eso no cuesta.

P. Pero, ¿podemos desmontar este sistema socioeconómico y cultural según el cual si no crecemos económicamente no podemos dar trabajo a millones de personas?

R. ¿Qué es crecer? No se puede crecer en consumo de recursos naturales limitados porque no los hay. Si tú tienes un caudal de agua de equis litros, pues eso es lo que tienes. No puedes consumir más. Lo que pasa es que estamos midiendo el desarrollo por el producto interior bruto (PIB). Quizás tengamos que cambiar esa medida. Si comparas con hace 100 años, hoy producimos muchísimo más y mucho más rápido. ¿Dónde se está yendo ese beneficio? Si hay una buena distribución de la riqueza, tendríamos que vivir todos mejor y trabajar menos horas. Pero si echamos una carrera desbocada para ver quién produce más y más rápido para vender más, entonces nuestro objetivo está cambiando. Y no es la felicidad humana. Es el consumo ‘per se’. Hace unos años chocaron dos grandes camiones en la frontera entre España y Francia. Uno venía de Holanda a Andalucía. El otro iba de Andalucía a Holanda. Cuando se vierten sus mercancías al suelo, se vio que ambos contenían tomates. ¡Hostia! ¿Qué sentido tiene esto?

P. Hace décadas se cultivaban 10.000 especies distintas. Hoy no más de 150.

R. Todo el siglo XX ha sido una pérdida constante de biodiversidad agrícola. Y no solo por la reducción del número de especies alimenticias, sino que también dentro de cada especie había hasta hace unas décadas cientos de miles de variedades. Si tú coges estas 150 especies de tomate, pimiento, sandía, trigo o arroz, ¿qué está ocurriendo con ellas? Nosotros teníamos nuestra variedad adaptada a nuestras condiciones locales. Cuando cocinaba mi abuela, le salían muy ricas las recetas porque estaban aplicadas a esa variedad que teníamos. Lo que ocurre es que en la segunda mitad del siglo pasado se dan una serie de procesos con el objetivo de producir más y más rápido. Y eso conlleva a la sustitución de esas variedades tradicionales distintas por un pequeño número de variedades comerciales homogéneas, porque son más fáciles de mercantilizar.

La gobernanza mundial tiene que estar basada sobre cuatro principios básicos: sostenibilidad, ética, diversidad y armonía

P. Y a menos biodiversidad, más vulnerabilidad.

R. Para que la ley te autorice a comercializarlas tienen que cumplir con una serie de estándares internacionales. Uno de ellos es que esas variedades sean uniformes y estables. Y si viene una enfermedad o una sequía las mata todas. Estamos castrando a las plantas de su más preciado bien: la capacidad de adaptarse a los cambios humanos y ambientales, incluido los cambios climáticos.

P. En el libro afirma que hay que hablar con claridad de lo que pasa en la FAO por dentro. ¿Y qué pasa?

R. Yo parto de una premisa: la FAO y la ONU no solo son buenas, sino necesarias. ¿Son imperfectas? Claro. Hay lobbys internacionales que actúan y países que introducen en sus delegaciones a gente de las grandes multinacionales, que van a defender sus intereses. Eso lleva a que cuando entramos en temas concretos no es fácil tender a los ideales.

En el capítulo VI del libro propongo complementar la gobernanza mundial a través de la sociedad civil, que tiene que tener un peso clave. La sociedad civil no está tan condicionada por las presiones políticas como los países. A un gobierno, puedes doblegarlo. Y propongo que haya un cauce para la presión de la sociedad civil a través de un parlamento mundial como complemento del foro de gobiernos. Eso sí: para mí, la gobernanza mundial tiene que estar basada en la Declaración Universal de Derechos Humanos y cuatro principios básicos. Lo que me gusta denominar como objetivo SEDA, que es el acrónimo de sostenibilidad, ética, diversidad y armonía.

P. En Roma entraron en su casa cuando usted trabajaba en la FAO. No robaron nada y revolvieron sus papeles. ¿Denunciar las presiones económicas es un acto de temeridad?

R. Yo no puedo decir que los que entraron en mi casa tenían que ver con eso. Entraron, revolvieron todos los papeles, tiraron la puerta abajo y no me robaron nada. Y sucedió justo en aquel periodo de debate en la FAO. ¿Se puede ligar una cosa y otra? Quizás. Pero no se puede probar. Lo que sí es verdad es que recibí muchas presiones de todo tipo.

P. El ex presidente Aznar dijo hace años que la ecología es el “nuevo comunismo” que ha venido a “destruir a las sociedades libres”.

R. Una expresión como esa solo puede ser producto de la ignorancia. ¿Qué sentido tiene decir esas cosas? La ecología no es una doctrina ni una ideología. Los equilibrios ecológicos son la columna vertebral de la vida sobre la Tierra. Es tan simple como eso. No es cuestión de izquierdas o de derechas. Es cuestión de supervivencia.

P. ¿Qué será de nosotros dentro de 500 años?

R. Depende de nosotros. Le cuento una anécdota. Un alumno quiere hacerle una broma al profesor. Coge una mariposa, se la pone en la mano, la cierra y dice: “¿Está viva o muerta?”. Y el profesor le dice: “Depende de ti”. En efecto, depende de nosotros. Estamos en un momento absolutamente clave de la especie. Y además de manera dramática. Por primera vez en la historia de la humanidad, esta generación tiene la posibilidad de ir en la dirección que quiera. Tiene la tecnología y el proceso de comunicación entre todos los continentes ha avanzado de manera muy rápida. Tenemos que decidir hacia dónde queremos ir.

El calentamiento global no entiende de fronteras. No tiene pasaporte. La ruptura de los equilibrios lleva al cambio climático. Y estamos ante un experimento único a nivel mundial. No puede haber prueba y error. El error es el fin. Y eso nos da una responsabilidad que nunca antes había existido.

P. ¿Hay alguien al frente de la nave?

R. No. Hay determinados sistemas, determinadas formas de comportamiento, determinados intereses. Pero no hay un pequeño grupo de individuos que controlan. Eso es demasiado simple. Es todo un sistema. Una forma de vida que nos lleva al ecocidio. Tenemos que desarrollar la ética, los valores, la moralidad, la corresponsabilidad para decidir a dónde queremos ir y cómo queremos ir.

P. ¿Pararemos el ecocidio?

R. Podemos y tenemos que hacerlo. Y, cuanto antes lo hagamos, mejor. La Tierra seguirá. La vida no se acaba aquí. Lo que ocurre con un sistema complejo como la naturaleza es que si una especie empieza a comportarse de manera dañina para el sistema, antes o después el sistema lo expulsa. Y si nosotros hemos llegado a ser un virus para el sistema, el sistema nos expulsará.

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