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Los Bonilla, la familia que durante dos siglos tuvo en su poder el suministro de agua en Córdoba

Caño de agua en la fuente de la Fuenseca, en Córdoba.

Carmen Reina

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Como si de una externalización del servicio público del agua se tratara, pero hecho a la antigua usanza desde el siglo XVIII, una misma familia de Córdoba -los Bonilla-, tuvo en su poder el suministro de este bien imprescindible durante dos siglos. Sucesivos integrantes de esta familia se encargaron al menos entre 1730 y finales del siglo XIX a lo largo del tiempo, como si de una herencia se tratara, del mantenimiento de la red de abastecimiento de agua en Córdoba.

Y ese monopolio dio lugar, como consta en documentos históricos, a problemas en el mantenimiento de la red de suministro e, incluso, a algún sabotaje para que, siendo los que conocían al dedillo la red, fueran los únicos que podían seguir encargándose de esta tarea.

La genealogía de los Bonilla y su oficio han quedado plasmados en diversos documentos del Archivo Histórico Municipal de Córdoba y en fuentes propias del doctor ingeniero experto en aguas, Pancho Gamero, que ha dedicado años a estudiar la historia y el devenir de las aguas que corren en el término municipal de Córdoba. Al menos desde 1730, ya figura un Bonilla como responsable de la gestión de aguas privadas pero también de la pública que abastecía a toda la ciudad, las denominadas Aguas del Cabildo.

La saga de los denominados “maestros fontaneros” comenzó en 1730 con Francisco Bonilla, en 1777 Diego Bonilla ya representa en funciones a su padre por enfermedad de este y cuando muere, le sucede Francisco Bonilla hijo. En 1797 es José Bonilla quien tenía 18 años y trabaja ya como fontanero. Cuando enferma lo sustituye en funciones su hijo Ángel Bonilla y sigue en 1848 al frente. En los expedientes consultados constan, asimismo, otros hijos de estos, que también estarían vinculados a la empresa familiar.

Incluso, con el tiempo, cuando se produce la desamortización de bienes de la Iglesia y surge la denominada Asociación de Partícipes de las Antiguas Aguas del Cabildo, los Bonilla se mantuvieron en la gestión de estas. Los propietarios cambiaban, pero el agua y la familia Bonilla seguían su unión cuasi inexpugnable.

Uno de los puntos de inflexión de esta historia se produjo cuando, con esos nuevos partícipes del agua, se decide revisar y recomponer las infraestructuras de la red de abastecimiento. Se crea una comisión en el Ayuntamiento para hacer una especie de auditoría sobre el estado de la red. “Sobre averiguar la causa de la escasez de agua que se nota en las fuentes públicas de esta ciudad”, dice el escrito fechado en 1864. “Hay antecedentes para decir que aquella falta procede del mal estado de las cañerías” dice, y ordenan inspeccionar desde el nacimiento de la red en los manantiales hasta las fuentes que abastecían a la ciudad.

Ahí se puso de manifiesto que se había producido un grave abandono y decadencia de la red de suministro, pese al pago que se le había dispensado a los Bonilla por realizar su mantenimiento. “Cuando se ponen a inspeccionar la red desde el origen en los manantiales a los repartidores, se dan cuenta del abandono tremendo en el que está”, explica Gamero.

Así lo ponen de manifiesto las “Actas de reconocimiento de las alcubillas repartidores de las Aguas del Cabildo”, como rezan los documentos de esa especie de auditoría, donde “empiezan a cabrearse con Ángel Bonilla”. Porque el estado de la red de suministro es tal que, en ese momento, consta cómo “no le llega el agua ni al Hospital de Agudos”.

Comprueban, asímismo, cómo el repartidor de la calle Gondomar tampoco funcionaba bien, siendo el que abastecía a una fuente tan importante como la que estaba adosada a la iglesia de San Nicolás de la Villa. Y lo mismo pasaba con el repartidor de la Puerta Gallegos, funcionaba mal y era el que debía dar agua tanto a la fuente de la Puerta Gallegos como a las existentes en el Paseo de la Victoria.

La inspección sumaba y seguía. Daba cuenta del estado bochornoso del repartidor de la Puerta del Rincón: “La alcubilla está situada a nivel del terraplén del corral de una posada, inmediata a las cuadras de la misma y abiertas (...) que facilitan la entrada de animales asquerosos (...) Más de una vez se han hallado en ella culebras, sapos....” dice, sobre el riesgo que suponía esto de contaminación del agua que surtía a las fuentes de las que bebía toda la ciudad.

La comisión creada en el Ayuntamiento dio cuenta así de las “tropelías” cometidas por la falta de mantenimiento y cuidado de la red encargada a los Bonilla. Una actuación que tiene, incluso, un autosabotaje como guinda del pastel, con manipulación de las fuentes, para provocar su mal funcionamiento. Y así seguir siendo la familia Bonilla, al ser los únicos que se conocían al dedillo la red, los que tuvieran que estar al frente del mantenimiento de la misma.

Ángel Bonilla fue obligado a dejar su responsabilidad sobre la red de suministro de agua pero el vínculo de la familia siguió con la contratación de José Quero Bonilla, según consta en documento de 1869 del Archivo Histórico Municipal de Córdoba. Pero nuevamente se incumple la obligación de mantenimiento de la red.

De todo ello dan fe los archivos y documentos históricos que también muestran cómo a finales del siglo XIX, tras esa auditoría municipal y la comprobación de las acciones de los Bonilla, el nombre de esta familia desapareció de las tareas vinculadas a la red de suministro de agua en Córdoba.

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