Ramos

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Reciben a Jesús en la amurallada Jerusalén con palmas en las manos. Monta un humilde pollino: Hosana, Hosana..., decían. Fiesta, alaraca. El pueblo porta ramas de palma, de olivo, laurel. Las blanden en honor del profeta. Es un tifo. El mismo pueblo esgrimirá látigos después, clavos, púas, espinas...

Ah; el pueblo es volátil. Lo mismo encumbra que sucumbe en los abismos, up or down, amor o desprecio. Las mismas multitudes que gritaban: “¡Hosanna!” gritaban “¡Sea crucificado!” cinco días más tarde (Mateo 27:22-23). Esto es verdad. Está escrito.

Un hombre lleva un ramo de gerveras a casa, margaritas king size, hermosas, la industria de la flor cortada. Flores congeladas que llegan al barrio desde ultramar en contenedores isotermos. Tal vez disimulan otro transporte ilegal: el que el hombre hubiera querido llevar al hogar, el que de verdad necesita para levantar ese vuelo.

Ni una cosa ni otra le va a servir. Todo está roto.

Una mujer deposita un ramo sobre un ataúd. No llora, no habla. En su fuero interno espera que los crisantemos lo hagan todo. Ella ya lo hizo. Que hablen ellos.

Domingo de Ramos, Domingo de Ramos, a quien no estrena nada se le caen las manos. Una adolescente se lleva sin pagar una camiseta de Zara, el control no pita, el guardia jurado sonríe y la chica cruza las puertas de Jerusalén entre vítores. Sordos, pero vítores al fin.

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