Diario del Confinamiento | Los accidentes (del verbo)

Una clase de idiomas.

Me dice mi compañera, que es también compañera de piso, que ahora que vamos a alcanzar cierta normalidad (“neonormalidad”, le matizo) vamos a pintar la casa.

No ha dicho “deberíamos pintar la casa”, sino que lo ha dado por hecho –o porque va a ser hecho; es decir, que se va a hacer-.

Yo, en mi candidez supina, le he preguntado por qué. Ella responde “porque hace falta”.

“Porque hace falta” es un argumento raro, tanto para soltarlo como para refutarlo. ¿Qué es la falta? ¿Qué es hacerla o no hacerla? Esto no es fútbol.

Le repregunto que quién va a hacerlo. Me responde “nosotros” y añade “porque es fácil”.

En este punto yo podría haber rebatido algo al respecto o plantear mis dudas, entre otras cosas porque no he pintado nada en mi vida –y esto no es doble lenguaje-. Así que, para no bloquearme, empecé a pensar en los accidentes del verbo.

Pensé en persona, tiempo, número, voz y modo. Pensé que, en la frase que me dijo, el verbo, esa palabra que expresa acción o estado, tenía una primera persona plural, un modo algo subjuntivo y temporalmente futurible y una voz inequivocablemente activa.

También pensé en qué es lo “difícil” cuando se dice que algo es “fácil” y, claro, pensé en el asesinato o en el robo de bancos, asuntos que ni me parecen ni fáciles ni simples ni complicados ni nada, porque nunca me los he planteado.

Soñoliento, el mensaje se agitó en mi cabeza como en coctelera y se mezclaron los accidentes y los sememas y sonaba todo como algo así “ellos han pintado la casa y fue sencillo y ya pasó todo”.

Pero desperté y me vi pintando sin remedio (en un futuro cercano en la línea del tiempo que también juega en la Gramática). Y, además, sin tener ni puta idea y por si hiciera falta (que lo dudo).

Al final de todo este marasmo comunicativo quedó un concepto: Aceptación.

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