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Era el viernes a primera hora de la noche, y los periódicos digitales aún hervían con los rescoldos de la decisión del Gobierno de instalar el estado de alarma en Madrid, las reacciones en uno u otro sentido y la escapada a Bilbao de Celaa, a la que pillaron con el carrito del helado. Incluso ya había hueco para la enésima épica crónica de la gesta de Nadal en la semifinal de Roland Garros, y algún que otro apunte como consejo para pasar el Puente. Y entre todo ese ruido político y noticias más o menos intrascendentes, escondida y en una tipografía de cuerpo menor, había una cifra: 241.

Como diría Andrés Montes, el número no era un prefijo telefónico. Era la cifra de muertos en España en las últimas 24 horas debido al coronavirus, el número de víctimas de un día cualquiera en la segunda ola peor gestionada de Europa, como lo fue la primera. Es el último dato que tenemos, ya que durante el fin de semana puedes morirte tranquilo porque nadie te contará hasta el lunes, aunque esta vez puede que tengas más suerte y nadie te tenga en cuenta hasta el martes. Ya se sabe que los expertos se pueden ir de puente, pero la muerte no. Aunque a nadie parece importarle demasiado.

Seguramente has viajado alguna vez con Ryanair, en uno de esos aviones en los que vamos apretaditos como sardinas de los que tanto nos quejamos pero que han puesto el turismo al alcance de la clase media. Los Boeing 737-8 tienen una capacidad en torno a los 190 pasajeros y pese a su incomodidad, suelen llegar a tiempo y son bastante fiables. Generalmente, tras varias horas de viaje en las que tratan de vendernos comida, colonia, las tarjetas de rasca y gana y todo lo que quepa en un carrito, llegamos felices a nuestro destino y aplaudimos porque lo hicimos en hora. ¿Te imaginas que en lugar de tener ese final feliz el avión se estrella y mueren todos sus pasajeros? Sería portada en los periódicos y noticia de apertura en los informativos, menos en La Sexta, donde Wyoming seguiría haciendo chistes divertidísimos en torno a Ayuso, Franco, Aznar o al Rey, que pasaban por allí. Pues cada día desde hace semanas en España se estrella un Boeing, pero no pasa nada.

Sí, no pasa nada, y eso es lo más dramático. Lo peor de la gestión de esta pandemia es que nos hemos dejado manipular hasta el extremo, desde los primeros días del confinamiento en marzo hasta esta segunda oleada en la que ya nos hemos acostumbrado al desastre y hemos aceptado convivir con un caos inaceptable. La "nueva normalidad" implica como sacrificio que muchos nos contagiaremos y algunos morirán, por eso dejan de ser noticia. Desde el gobierno, con la inestimable labor de altavoz de sus mamporreros mediáticos, se ha instalado un relato oficial contra el que no se puede discrepar. Esa gran cortina de humo necesita ruido (engordado por unos y alimentado torpemente por otros) para distraer y mantener la atención centrada en lo accesorio mientras lo importante pasa por nuestras narices. Mientras se hable de Madrid, del debate monárquico, de la memoria histórica, del caso Dina o del Kitchen, el foco estará en lo anecdótico mientras el país se desangra, las empresas cierran y la gente empobrece y muere. Y en eso este gobierno es un maestro.

La factoría de ficción Redondo-Sánchez, más los inestimables apuntes del clan Iglesias han convertido la política española en un gran ejercicio de demagogia y propaganda, aliñada por la torpeza de una oposición a la que este estilo zafio y barriobajero le ha pillado por sorpresa. Ya se sabe que al pijerío nunca se le ha dado bien bajar al barro, y en el fango de la indecencia la chusma no tiene rival.

Eso es dramático, pero el auténtico problema está en que todos nos hemos convertido en marionetas de un teatrillo en el que importamos una mierda. Nos lo comemos todo con patatas, calladitos y asumiendo que "es lo que hay". Nadie ha dejado de irse de puente porque el viernes palmaran 241, y nadie cambiará ni una coma de su discurso por los 200 o 300 de hoy. Porque hoy, desgraciadamente, se estrellará otro avión que no saldrá en las portadas. Quizás hoy sean para Nadal o para las colas de los Patios, para las buenas cifras de un puente que nos acerca a nuestra vieja normalidad con fotos de terrazas llenas. Para lo que haga falta con tal de distraer.

El gran éxito de este relato ha sido cosificar el drama, deshumanizar las cifras hasta convertirlas en una anécdota, en un dato más sin nombres ni apellidos, sin historias detrás, sin rostros ni familias rotas. Las personas duelen, pero los números no. Ya lo hicieron en abril y les salió bordado, así que esto es pan comido. Total, el viernes sólo murieron 241. Qué más da…

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12 de octubre de 2020 - 10:01 h
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