Naty Abascal

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Aprendí más de los libros que dejé a medias que de los libros que he terminado. Soy un lector perezoso y exigente, valga la redundancia. Pero pesan en mí los finales que desdeñé. Las páginas que no gasté con mis dedos. Hay en el abandono una educación oscura. Todo lo que supe del amor lo aprendí cuando dejaron de amarme. Evitar el dolor y la decepción es un camino lleno de trampas. Un bosque funesto con un lobo tras cada árbol. Como esos aficionados que salen del estadio en el minuto 85, que gracias a su huida logran transformar la ira en melancolía. Vomitorios desérticos. Una humillación que brilla en el videomarcador. Son los que convierten el agua en vino. Lejos del pitido final, del cabreo, se abandonan a esa blanda tristeza de caminar solos mientras el estadio ruge a lo lejos con un balón a la olla, con el último fallo de nuestro delantero. Ser de un equipo de fútbol es un compromiso moral con la derrota. Rehuirla habla más de nosotros que cualquier diario manuscrito escondido entre calzoncillos en la mesita de noche.

Hay amaneceres que son una sonrisa de luz en el firmamento y hay otros que de lejos se ven como una bullente e incansable catarata de mierda. No todos los días podemos ser Naty Abascal, en algunos nos tenemos que conformar con ser Julián Contreras Jr.. "Yo quiero a todo el mundo, porque soy muy humana", dijo Naty. Un memento mori de nuestro tiempo. Un canto de esperanza en mitad de un lúgubre sarao. Los días hay que jugarlos. Son como pequeños partidos contra rivales invisibles. Aunque den ganas de quedarse en la cama y taparse con el edredón. Como un niño con varicela. Con ese picor que es la culpa. O este miedo de enfrentarse al mundo armado apenas con un cuerpo desacostumbrado al duelo. Chupar banquillo como solución a todos los problemas. Tirar un penalti tiene la bendición de poder fallarlo. No hay premio por mantener las botas limpias. Por eso empiezo a encontrar consuelo en lo que no está terminado. En la ruina. En el dulce riesgo. Renunciar a lo soñado y lanzarme al barro enseñando los dientes y bramando.

Soy más socialista cuando el PSOE está en la oposición. Soy más del Córdoba cuando el Córdoba juega para no descender. Bebo más vino cuando peor me sienta. Hablo de más cuando hay que hablar de menos. No es malditismo, es pura supervivencia. Tengo 38 años. En algún momento hay que hacer las paces con la existencia. Nacer es un balón al larguero. La vida es el metal temblando. Hasta que para. Y el partido sigue, pero ya no para nosotros. ¿Notáis esa urgencia en el día a día? Es sólo ruido. Y un terror infantil a no ser lo que imaginábamos ser. Cuando los niños querían ser astronautas. Madurar es maquillarse frente a un espejo roto.

No quiero que el Córdoba baje a Segunda B. No quiero que una nube gris se arremoline en mi hogar. No quiero sentir pena. Ni enfermedad. Ni poner la dirección de un tanatorio en mi GPS. No quiero el apretón de manos que sucede al frío despido. No quiero llamadas de madrugada. Ni goleadas en contra. Ni el chasquido de un hueso. Ni la chapa arrugada tras el accidente. No quiero una riña de verbena. Ni perderme en un bar y que no me encuentren nunca. No quiero dudar. Ni sentir ese miedo que congela el ánimo y agrieta los ojos. No quiero que peguen a mi hijo en el recreo. No quiero cosas que son la vida. Y pienso: cómo sería el fútbol sin dolor. Cómo sería el fútbol sin la guillotina de la derrota tiritando sobre nuestros pescuezos. Cómo sería el  fútbol sin penaltis no pitados. Sin la manopla salvadora del portero rival. Sin la falta lanzada a las nubes. Sin el gol en propia puerta. Sin el fango tras la lluvia. Sin el flato tras la borrachera de nuestro delantero titular. "He cambiado y soy el mismo", escribió Mark Strand. Y en otro poema: "Las tumbas crecen hacia lo hondo". En ese camino nos encontraremos. En el de los que ocupan sus asientos hasta que el árbitro, con tres pitidos, da por concluido el partido y da por iniciado nuestro luto. Porque en el fútbol, que es un remedo de la vida, también somos alumnos del abandono, del dolor y de las oportunidades perdidas.

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25 de octubre de 2018 - 16:14 h