El cabello, ese gran desconocido

El célebre escritor y dramaturgo Alfonso Paso dejó dicho: "El cabello es lo primero que se mira y admira en una mujer". Por tal premisa deberéis cuidarlo para que luzca sano e impoluto. Él forma parte de un todo, como es el cuerpo humano, no debiendo considerarlo una parte aislada del organismo, porque, aunque no duela al ser cortado ni siquiera cuando se cae, es una materia viva que se desarrolla gracias a los nutrientes emanantes del cuerpo humano, dependiendo, después, de los cuidados que le otorguemos para poder presumir de un pelo sano, bonito, abundante y atractivo…

Ha sido cantado por poetas, disputas entre amantes, ilustrado en pasajes históricos y bíblicos (como el de Sansón y el del mismo dios cuando, parejo a la entrega a Moisés de las tablas de los Diez Mandamientos, le aconseja darse friegas en sus cabellos con un ungüento a base de hierbas de cardamomo y aceite de oliva para su mejor lustre y presencia; es símbolo de salud si es fuerte y vigoroso, de presunción y atractivo físico y gran fuente de economía por cuantos productos le han aplicado en el devenir de nuestros días... También, seña de identidad (moreno y alto o delgada y rubia, etc.), chivato de nuestros temores al erizarse gracias al músculo horripilante o receptor.

Como curiosidades y generalidades ciertas sobre el cabello pueden contarse infinidad de cosas, como, por ejemplo, que crece más rápido en verano que en el invierno; que no por cortarlo más crecerá más rápido y fuerte; que, al ser potencialmente higroscópico, se riza (o encoge) ante la humedad y se distiende (o alisa) ante el calor; que los cabellos negros son los más gruesos de todos; que la tirantez aminora su ciclo de vida, el cual se renueva entre siete y diez veces en la vida; que son alrededor de 140.000 pelos los que poseen las cabezas rubias, 115.000 las personas morenas y 90.000 las pelirrojas; que un cabello mide alrededor de 0’076 milímetros y puede soportar un peso, de estar sano, de 80 gramos; que retorcido y a igual tamaño, es más resistente que el acero; que, al ser imputrefacto, guarda el ADN del individuo; que no cambiará de formato aunque lo transformemos químicamente; que raya no solo en lo sublime al ser representativo de nuestra imagen, categoría social y estado de ánimo, hasta tal punto de hacernos conmover cuando vemos que merma en nuestras cabezas o viéndolo estropeado; que tiene su propia forma de quejarse cuando no está sano, haciéndonos exclamar ¡qué pelos tengo! ¡qué mal me veo! Y si pudiera gritar, como lo hace un humano ante la desgracia y por tanto descuido como se le dispensa (incluso profesionalmente), cualquier ciudad, por muy grande que fuera, estaría ahogada en sollozos y lamentos pelambreros, no escuchándose otra cosa que sus desgarradores quejidos y descontentos.

Así es el cabello, único y especial, solemne y mágico, con plena competencia para estar muy por encima de nuestros propios pensamientos. Tal es así que, aún siendo tan minúsculo y aparentando ser poca cosa, es capaz de dominar nuestra capacidad de razonamiento hasta el extremo de envolvernos con el desgraciado manto de la aflicción, de no cuidarlo tal y como ciertamente lo necesita y merece. No hay duda, es un rebelde nato. En ello se juega su propia supervivencia y su principal objetivo: ayudarnos y hacerse respetar, protegernos y potenciar nuestra imagen, tal como sabio que es. O como si fuera un niño chico de teta, mimoso, inteligente, vivaz y transmisor de inquietudes, tal como vengo observando después de tantos años como profesional de la peluquería.

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Publicado el
29 de enero de 2015 - 22:24 h
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