Prietas las filas

Si algo está consiguiendo la asfixiante campaña de acoso y derribo al Gobierno es precisamente lo contrario de lo que pretenden sus instigadores: su caída. El mejor pegamento para el primer Gobierno de coalición de la historia de España desde febrero de 1936 es precisamente esa oposición liderada por Vox que lleva al PP a rebufo.

El Gobierno ha vivido esta semana la que sin duda es su peor crisis desde su constitución. Y parece haber salido casi más fuerte incluso. Sin la pandemia de por medio y sin ese hostigamiento diario, que el vicepresidente Pablo Iglesias diga que la reforma laboral se derogará al completo y que inmediatamente la vicepresidenta Nadia Calviño dijese que de eso ni hablar habría provocado la salida inmediata de alguno de los dos del Ejecutivo. Y es probable que hasta la caída del Gobierno al completo, máxime tras el extraño pacto con Bildu, un partido que hoy se sigue negando a condenar los ataques que está recibiendo en su propia casa por radicales abertxales la líder de los socialistas vascos.

Cosas veredes.

No hay mayor pegamento para la izquierda que el miedo a una derecha radicalizada, tirada directamente al monte, a la que ya parece darle igual la salud de todos convocando manifestaciones (la de este sábado, legal, la de los paseos, de muy dudosa legalidad) que llenan de banderas de España y cacerolas las calles del país. Fue precisamente el tremendo ascenso de Vox lo que hizo que muchos votantes de izquierdas acudieran en masa a las urnas. Muchos de ellos tapándose la nariz. No duden que volverán a hacerlo.

Y esto, aunque parezca lo contrario, es una mala noticia para la izquierda. O al menos para la izquierda transformadora.

Este acoso va a impedir que se desarrollen debates sosegados y que se alcancen medidas de máximos. El presunto Gobierno social comunista de España no ha tomado ni una sola decisión que se pueda considerar como más de izquierdas que cualquiera de los ejecutivos europeos azotados por la pandemia. Si acaso ha tomado las mismas.

Nada se sabe de una presunta nacionalización del sistema eléctrico, de la prohibición de que las empresas que tributen en paraísos fiscales reciban ayudas públicas, o de que se vaya a imponer de manera inmediata una subida de impuestos a las rentas más altas. Solo una tímida tasa a los patrimonios de más de un millón de euros (dudo que en Córdoba los que lo tengan llenen si quiera medio salón). Ahora se ha anunciado el ingreso mínimo vital, algo que ha aprobado hasta el Gobierno de Brasil.

El Gobierno empezó fuerte, subiendo el salario mínimo, pero se vio sorprendido por la pandemia. Con una fortísima oposición desde el primer día, aunque parece que quiere superar todo el acoso y durar toda la legislatura sí que aparece como temeroso de medidas que, supongo que pensarán, atizaría más el fuego.

Aparte, toda esta oposición hiperbólica distorsiona la propia realidad y hace complejo hasta la propia autocrítica. Y ya sabemos qué es lo que pasa cuando no se enmiendan los errores.

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23 de mayo de 2020 - 21:54 h
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