Un plan para Córdoba

Medina Azahara | MADERO CUBERO

Esta semana, en mitad de a ver quién decía la barbaridad más gorda, los españoles debatían o se preguntaban qué era el FRAP, asistían atónitos a la cascada de ceses y dimisiones en la Guardia Civil y destripaban un informe más que cuestionable que apuntaba al 8M como causa de la pandemia. Pero mientras, en Bruselas, se decidía el futuro. La Unión Europea daba su brazo a torcer. Alemania entendía que sin el sur no tiene futuro y se aprobaba un bazoca de 800.000 millones de euros de dinero público destinados a reconstruir una economía muy afectada por el parón del Covid 19.

De esa cantidad, a España le corresponde un enorme pellizco (al menos 150.000 millones). Los fondos son graduales, financian proyectos e ideas concretos, y se inyectarán en economías más debilitadas. Esta semana, también, se ha vuelto a confirmar que Córdoba tiene una economía destrozada, con tres de los barrios más pobres de España y varios municipios con la renta per cápita más baja del país.

Por tanto, esta semana se debería haber debatido de qué manera nos ponemos en marcha para arreglar este desaguisado. Recoger ideas para recibir esos fondos europeos, que no llegarán, no lo olvidemos, si no aportamos algo concreto. Así que yo me pregunto, y no quiero tirar la toalla, ¿qué vamos a hacer los cordobeses con ese pastizal?

Está claro que una parte importante de ese plan para Córdoba tiene que ir a la agricultura. Pero no a lo de siempre: a financiar el cultivo sin fomentar nada más. Sabemos que desde hace años esas subvenciones (aquí nadie las llama paguitas) van a manos de los terratenientes y altos aristócratas que no acaban siendo muy solidarios.

Europa ya ha dicho que hay que fomentar políticas que frenen el cambio climático y que fomenten una economía más sostenible. Córdoba tiene una enorme superficie agrícola por transformar, por convertir cultivos en sostenibles, en producir alimentos de proximidad, en pagar justamente al eslabón más débil de la cadena. Y en que de una vez por todas se premie a esos pequeñitos agricultores que lo intentan todo y casi nunca reciben nada.

Pero, ¿y la ciudad?

Córdoba debería tener un plan. La ciudad tiene la suerte de tener una historia envidiable. Córdoba es de las pocas ciudades europeas que siempre estuvieron habitadas desde hace, al menos, 3.000 años. Y de haberse convertido en un enorme yacimiento arqueológico, que ha dejado huellas de todas las culturas. Y esas huellas, vamos a decirlo sin tapujos, están muy abandonadas.

Córdoba tiene un patrimonio cultural, histórico y artístico inmenso. Es justo que se recupere, pero es que además es un auténtico nicho de empleo. ¿Calculan cuántos puestos de trabajo se pueden llegar a generar solo si nos tomamos en serio la excavación y estudio de Medina Azahara, descubierta solo en un 10%? ¿Se imaginan la cantidad de trabajo disponible si de verdad nos tomamos en serio recuperar todos los yacimientos romanos descubiertos en la ciudad, interpretarlos, ponerlos en valor y, para cuando se pueda, ofrecerlos a un turista de calidad?

La rehabilitación del patrimonio es un yacimiento petrolífero en toda regla. Genera empleo a largo plazo y de mucha calidad. Desde una reconversión del sector de la construcción hasta la atracción de todos los licenciados en tantas materias que hoy se disputan un puesto de trabajo en un supermercado o tras la barra de un bar.

Antes de la pandemia, el profesor Antonio Monterroso presentó Patricia, un proyecto en el que se unían todas las disciplinas de la universidad para investigar y poner en valor el patrimonio cordobés. Una maravilla. Un yacimiento, de verdad, para recibir esos fondos y dinamizar la economía cordobesa.

Córdoba lleva años pisando petróleo sin saberlo. Al contrario, se consideraba que las piedras que aparecían cuando se construía lo que fuese era molesto. Así se dilapidaron hace cinco minutos miles de hectáreas de arrabales islámicos únicos en el mundo, con sus mezquitas, sus empedrados, sus almunias...

Córdoba, lo sabemos, solo tiene futuro si mira al pasado. Aquí ya no hay grandes fábricas y, me temo, afloran muy pocas grandes ideas. El del Guadalquivir no es un Sillicon Valley por mucho que a los políticos se les llene la boca hablando de disrupción, nuevas tecnologías y qué se yo.

No fabricamos casi nada. Pero sí que como dijo Carlos V cuando vio lo que había pasado en la Mezquita tenemos algo único en el mundo.

Etiquetas
Publicado el
30 de mayo de 2020 - 11:02 h
stats