La penita

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Esta semana, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se fue a ver a Ana Rosa Quintana, que le preguntó por la diferencia entre las medidas que estaban tomando presidentes de su mismo partido en Andalucía, Galicia o Castilla y León. La presidenta, en su estilo, salió a por uvas. No contestó a la pregunta, sino que atizó a Pedro Sánchez y aprovechó para hacer un alegato nacionalista madrileño: que los mejores iban a Madrid buscando impuestos bajos y huyendo de las subvenciones. O algo así.

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Inmediatamente después, hubo críticas en tromba desde todos los partidos andaluces que ni están en el Gobierno de la Junta ni lo apoyan. Y son un puñado: el PSOE, Izquierda Unida, Podemos y Adelante Andalucía, que a su vez son Anticapitalistas, Primavera Andaluza e Izquierda Nacionalista.

En esta competición iniciada en a ver quién es más andaluz, o quién tiene la blanca y verde más larga, o quién defiende más los intereses de Andalucía, se activó rápidamente el resorte de la penita. Es fácil de identificar, porque es algo que tienen todos los nacionalistas: ahí hay alguien que me dice cosas.

Hacerse la víctima es una estrategia política que suele funcionar. El mundo está lleno de ejemplos. Lo malo es que nunca resuelve nada.

Me cortaría una mano antes de defender las barbaridades que dijo Isabel Díaz Ayuso, pero iniciar una campaña para considerarla persona non grata como empieza a proponer Adelante Andalucía me parece el mejor peor ejemplo de lo que supone esta estrategia política, centrada más en que te voten por dar pena que por proponer realmente soluciones.

Andalucía (o el sur de España, mayormente) está hecha unos zorros históricamente. Más o menos desde que el Puerto de Sevilla dejó de ser la entrada de América, y desde que los terratenientes apostaron por vivir de las rentas y no por intentar crear algo de industria, o incluso cuando nos aferramos a la Contrarreforma que impidió cualquier avance, cualquier atisbo de Ilustración, el sur de España está condenado a la pobreza.

Cambió de manera radical con la autonomía. ¿O fue con la entrada de España en la Unión Europea? Pero fue incapaz de converger con el resto. Y no sería porque no llegaron fondos. Pero, eh aquí el quid de la cuestión, el problema pudo estar en que como en aquel Patio de Monipodio ese chorreo salvaje de fondos públicos acabaron como acabaron.

Estos días vuelve a la actualidad el caso Isofotón, una de las patas de los ERE, o lo que ocurrió en la Faffe, el organismo-chiringuito aquel para colocar al que perdía las elecciones con un gerente que supuestamente se gastó 14.000 euros en una noche en un puticlub. Quizás ahí estuvo el problema.

Y la solución, obviamente, vuelve a pasar porque lleguen esos fondos para la convergencia, pero sobre todo que se gasten bien. Que los reciba quien realmente los necesite o los vaya a saber gastar. Pero para eso hacen falta propuestas. Y no penita.

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16 de octubre de 2020 - 22:44 h
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