Otra maldita columna sobre Cataluña

No quiero que Cataluña se separe de España. Ni que España se separe de Cataluña. Me sobran argumentos a favor. Personales, sociales, económicos y hasta históricos. Por eso pienso que los catalanes tienen que acabar votando. Y lo harán. Tarde o temprano. Y esperemos que sea antes de que ya no haya vuelta atrás.

Siempre pensé que cualquier nacionalismo, sea el que sea, es excluyente. Y que ser de izquierdas y nacionalista es absurdo. De hecho, el nacionalismo es una reacción del siglo XIX a los movimientos obreros internacionalistas y solidarios. Proletarios del mundo uníos, y esas cosas. (Último aviso, decía una pintada en Uruguay).

Dicho esto. Entiendo que un pueblo tenga derecho a votar su futuro. Lo asumo y hasta creo que es bueno, siempre y cuando esté informado. ¿Qué hay de malo en que los catalanes voten en un referéndum si quieren o no seguir siendo españoles? Hace dos años votaron los escoceses. Y dijeron que querían seguir siendo británicos. En Canadá, cada dos por tres votan los francófonos de Quebec, y nunca ganan. Y no pasa nada.

Dudo que aún hoy, con la que está cayendo, los independentistas ganaran un referéndum en Cataluña. Mucho más en Euskadi, donde ETA ha hecho más por evitar el soberanismo que otra cosa. Y entiendo que un referéndum en el que el no a la independencia ganase con contundencia sería definitivo para sellar un problema histórico que está llegando ya a una situación de bochorno insoportable.

En 2006, Cataluña aprobó un Estatut hermano del Estatuto de Andalucía que el PP decidió recurrir al Constitucional. Desde ese día, desde el Gobierno de Madrid poco se ha hecho por recomponer unos puentes que se resquebrajaban. Ni una mejora en la financiación autonómica (¿el País Vasco y Navarra pueden tener su propia Hacienda Pública y Cataluña y Andalucía no?) ni el esperar sentado a que se resuelvan los problemas, estilo Rajoy, han arreglado nada. Y mucho menos lo ha hecho la extraña unión de la burguesía catalana (exCiu con ERC) con los anarquistas de toda la vida (la CUP). De ese matrimonio no podía salir nada bueno. Y nada bueno está saliendo.

Del bochorno de esta semana nos asomamos a un abismo desconocido de incalculables consecuencias. ¿Qué pasará cuando se empiece a detener y encarcelar a políticos por convocar un referéndum malamente? Argumentos tendrán en el resto del mundo para decir que lo único que querían era votar y que no les dejaron. Y a gente en la calle apoyándoles. Mal negocio. Para todos. Y mucho odio mutuo. Todo esto no va a acabar bien.

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10 de septiembre de 2017 - 02:48 h
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