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Disparen al gurú

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Alfonso Alba

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No hace ni dos semanas que este que escribe no tenía duda alguna de que Albert Rivera se iba a dormir más pronto que tarde en el Palacio de La Moncloa. No hace ni nos semanas que cualquier analista político con voz en una radio o espacio en un periódico para escribir daba a Pedro Sánchez por muerto, por cuarta fuerza en unas elecciones generales, el peor resultado jamás cosechado por un PSOE condenado a reinventarse. A más a más, no hace ni dos semanas que en Europa se pronosticaba el fin de la socialdemocracia, de los partidos socialistas que como en Italia estaban condenados a una lenta agonía.

Nadie, absolutamente nadie, se esperaba lo que ha pasado en España. Aunque ahora proliferan los análisis de que Pedro Sánchez hasta tenía su cartera de ministros en un cuaderno azul, ni él mismo se esperaba que pudiera sentarse en La Moncloa tan pronto. Que en 48 horas hubiese acabado con la vida política de un Mariano Rajoy que lo ha sido todo en el Estado (concejal, presidente de Diputación, consejero autonómico, ministro y presidente del Gobierno), que hubiese anulado la inercia que llevaba a Ciudadanos a ganar las elecciones y que hubiese taponado el discurso que desde la izquierda le machacaba Podemos.

Todo ha pasado muy rápido. Aún hoy se hace extraño ver a Sánchez en la sala de prensa de La Moncloa, a Carmen Calvo convertida de la noche a la mañana en vicepresidenta cuando apenas había acabado sus clases de Derecho en Córdoba y se disponía a entregarle a la alcaldesa el informe elaborado por la Comisión de la Mezquita, en la que estaba. O ver a un astronauta, a un juez que es icono LGTBi pero que es muy conservador o a Màxim Huerta sentados en el Consejo de Ministros.

Todo ha pasado tan rápido que cuesta asimilarlo. Y analizarlo. Y lo que es más difícil, saber qué va a pasar a partir de ahora. Aquellos gurús que no olieron este drástico cambio nacional se apresuran ahora en afirmar que el Gobierno de Pedro Sánchez nace para durar y que sin duda ganará las próximas elecciones generales.

Donde aún no saben muy bien qué ni cómo ha pasado es en el Palacio de San Telmo. Susana Díaz, que tampoco se explica cómo pudo perder las primarias, asiste atónita al enésimo renacimiento de Pedro Sánchez, que ahora incluso controla el arma más poderosa del país: el Boletín Oficial del Estado. Tampoco saben ni qué decir (en público todo son felicitaciones) los socialistas del aparato que en su día lo apostaron todo al caballo ganador y que incluso le negaron a Luis Planas usar la sede provincial de la avenida del Aeropuerto para presentar unas primarias que no pudo disputar.

Vienen días de asimilación, de saber exactamente qué va a hacer este Gobierno, si está dispuesto o no a pisar el acelerador de las reformas y derogación de muchas de las leyes aprobadas por el rodillo de la mayoría absoluta del PP que tanto han indignado a la mitad del país. O no. O quizás de ver cómo la oposición “asa” a un Gobierno nacido con un apoyo parlamentario frágil.

Pero si hay algo que está claro es que nadie sabe qué va a pasar. Así que disparen al primer gurú que les levante el dedito.

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