Chicos spam

El cine ha grabado a fuego en nuestro imaginario colectivo al hombre-anuncio como uno de esos trabajos que anulaban al individuo durante la Gran Depresión de Estados Unidos, en el periodo de entreguerras. El Nueva York de los años 30 tenía una tasa de paro del 25% (¿les suena?) y por sus cuadriculadas calles deambulaba una multitud de hombres-anuncio que se habían quedado fuera del mercado laboral. A España llegaron, claro. Y al principio de esto que llamamos crisis y que yo ya ni sé el nombre que darle proliferaron en Madrid tanto tanto tanto que el Ayuntamiento del hoy ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y la Concejalía de Medio Ambiente de la hoy alcaldesa Ana Botella prohibió en una ordenanza a los hombres-anuncio porque, decía el texto, esta actividad "ataca la dignidad de la persona".

Pero todo evoluciona, lo cual no significa que mejore. A diario me enfrento a una situación violenta cada vez que paso las calles del centro de Córdoba, principalmente la avenida Amancio Ortega, esto, el eje Tendillas-Gondomar-Concepción. Una nube de lo que he venido en denominar chicos spam te asaltan con una sonrisa para que le prestes un minuto, te hagas socio de no sé qué oenegé y le ayudes con su trabajo. Es una situación violenta por muchas razones.

Primero, entiendo que todos y cada uno de los chicos y chicas que me asaltan no quieren hacerlo. Están obligados por su trabajo, porque es la única manera de conseguir algo de dinero y porque no tienen otra cosa mejor a pesar de que muchos son licenciados, doctorados, poseen másters y dominan muchos más idiomas que yo mismo (que no controlo ni uno).

Segundo, porque su asalto se produce con la peor arma posible: la buena educación. Es verdaderamente descorazonador tener que rechazar sonrisas y buenas palabras. Es terrible tener que decir que no, que ya está bien, que uno vale pero docenas a la vez no. Una vez que sales de la zona en la que te esperan con la mejor de sus sonrisas no puedes sentirte peor persona.

Bueno sí, y llegamos al punto tercero. Te puedes sentir peor persona cuando le estás diciendo que te deje en paz a alguien que te pide colaboración para Unicef, Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, Acnur o algún tipo de organización no gubernamental que está ayudando a los que menos tienen. Entonces te sientes directamente como una mierda, como ese ser repugnante y miserable al que no le importan los demás. Y te vas, sin mirar atrás. Aliviado y contrariado a la vez.

Pero es que no puedes hacer otra cosa. Tú solo no puedes salvar al mundo. Tú solo no puedes salvar a todos esos chicos que no tienen otra forma de ganarse la vida. Y tampoco te sientes con ningún argumento moral ni siquiera para pedir que por favor dejen de molestarte cada vez que caminas por Tendillas-Gondomar-Concepción. Te sientes hasta con ganas de borrar el post que has escrito.

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27 de noviembre de 2012 - 03:00 h