Bienvenidos al siglo XIX

Todo iba a ir bien. En 1989, la Guerra Fría terminaba y buena parte de Europa vivía bajo el abrigo del estado del bienestar en mayor o menor grado. Dos siglos de revoluciones, contrarrevoluciones, luchas por los derechos civiles, individuales, ciudadanos y laborales, parecía que cerraban una etapa. Algunos pensaban que la socialdemocracia de corte europeo se había impuesto tras la debacle comunista. Otros temían que, en realidad, el modelo que iba a imponerse era el ultraliberal y conservador, cultivado en Estados Unidos y Reino Unido. 24 años después se ha demostrado que eran estos últimos quienes estaban en lo cierto.

Manuel Pastrana, el secretario general saliente de de UGT dijo ayer, en la manifestación del 1 de mayo, que la economía se dirige al modelo asiático, con dramáticos ejemplos como el de Bangladesh, donde una fábrica textil usada para vestir a europeos y estadounidenses, se derrumbó con multitud de obreros dentro. La ropa de una franquicia en Córdoba no es barata por cualquier cosa. Lo es porque en determinados países, no existen derechos ni condiciones laborales dignas. Países donde la duración de las jornadas ses inversamente proporcional a la cuantía de los salarios: tajos de 18 horas a tres euros el día, por ejemplo.

En Occidente conocemos esa escuela económica. De hecho, la inventamos. En el siglo XIX usábamos a niños para trabajar en el más angostos de los agujeros y sacar un puñado de carbón que alimentase las calderas de la revolución industrial. Calderas que movían telares a vapor con niñas a sus pies, trabajando.

Hicieron falta décadas de levantamientos, muertes, violencia, represión y manifestaciones para conseguir mejoras. El 1 de mayo se celebra, precisamente por una protesta pacífica de proletarios de Chicago que pedían algo tan lógico como una jornada de ocho horas. Su sacrificio de entonces, cimentó el estado del bienestar del que hemos disfrutado. Pero las aspiraciones de aquellos trabajadores eran universales. Y se han traicionado.

Libres de cualquier control político, las grandes empresas han hecho lo que forma parte de su naturaleza económica: emigrar allí donde los bajos costes de producción garanticen mayor porcentaje de beneficios. Y Occidente, en vez de obligar a los países a modificar la horquilla de derechos de los trabajadores locales para amoldarla al canon occidental, ha reproducido en toda Asia un siglo XIX a gran escala: turnos generalizados de más de 12 horas, niños vuelven a trabajar por sueldos irrisorios. Y hemos mirado a otra parte.

Lo que nos ocurre ahora es, en parte, una ironía de la historia. Una venganza, tal vez. Cuando Pastrana -y otros- afirman que vamos a la economía de Bangladesh, no es que se hayan vuelto locos. El estado del bienestar no está en quiebra, pero sí en el punto de mira. Nunca ha gustado al gran capital, simplemente porque limita su margen de crecimiento. Por eso las gigantescas multinacionales se fueron y llevan años disfrutando del paraíso en rincones de China, Vietnam, Camboya, Bangladesh... Solo hay que echar un vistazo a las etiquetas de su propio armario. Made In...

El golpe final de esta venganza es la fórmula que nos recetan para salir de la crisis: tenemos que parecerse a esos países, competir con ellos rebajando los costes laborales (salarios) de los trabajadores y otro muchos logros. Todavía no ha ocurrido abiertamente, pero no les extrañe que empecemos a escuchar diatribas justificando el fin de las vacaciones pagadas, la jubilación a los 65, la sanidad y la educación universal, la jornada de ocho horas o la prohibición de que los niños trabajen. Bienvenidos al siglo XIX

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2 de mayo de 2013 - 09:56 h