Lo siento pero aún no he llegado

Cuatro rodillas en una fotografía cuya existencia tiene difícil justificación.

Llego a Córdoba , me incorporo al trabajo y me resisto. Me siento a escribir La Caraba y sigo en las ventanas de los ojos de patio, los carteles de se alquila, la liviandad de la playa y las rozaduras en los pies, pero aquí lo que hay es una propuesta de subida del IBI, una polémica sobre las medallas militares de Cañero, y el descubrimiento de que tenemos un personaje en la ciudad enrocado en un club de fútbol. Entro en crisis porque no sé cuál de los dos conjuntos de cosas es real.

Miro las pequeñas heridas en los tobillos y talón y ahí están, como las fotos repletas de morisquetas (me gusta que me asalten palabras que ya casi ni yo mismo recuerdo, así nació La Caraba), de olas y mesas de sobremesa. Hablo con gente que estuvo allí y me confirma que todo fue genial, que a ver si repetimos el año que viene. Pero todo eso no vale ya nada, son las mismas cosas que nos pasan a todxs lxs que tenemos ese hábito de quitarnos de en medio, y no tienen ninguna relevancia. Son meros instantes, aunque quizás ganen con el tiempo, quizás 2015 sea aquel año que estuvimos en Agua Amarga y en el río (pocos, pero aún existen los ríos) y que nos encontramos con aquellos amigos, porque las demás cosas que me ocurran en el año sean incapaces de fijarse en mi memoria.

Hoy no puedo salir de aquí, así que, confiando en que será algo pasajero, os conformáis con esta manifestación de un síndrome que seguro que los psicólogos ya han inventado. La semana que viene prometo comportarme y saber discernir de nuevo lo real de lo que no lo es, y dedicarme a lo primero. Para eso existen las oficinas.

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18 de agosto de 2015 - 13:03 h
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