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Un soneto para irse en paz (¡si te dejan!)

Sebastián De la Obra

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El reconocido hispanista francés Marcel Bataillon atribuyó a Juan de Ávila la autoría de un hermoso soneto: Soneto a Cristo crucificado. Lo leí por primera vez con catorce años. Me gustó su música. No lo entendí. He vuelto a leerlo mil veces. En guerra y en paz; con vértigo y en reposo. Lo he leído para enamorar; también para abandonar todo en un instante inapreciable. Leyendo a Louis Massignon descubrí al poeta sufí Al Hallaj y..., brotaron espontáneamente las analogías de este soneto con alguno de los poemas del poeta persa. El poeta judío andalusí Ibn Gabirol avanza en alguno de sus poemas un sólido cuerpo de generosidad que se asemeja, como dos gotas de agua, a este soneto. Creo que todos ellos se embarcaron desde distintas orillas en el mismo sueño. Juan de Ávila es uno de los grandes humanistas y reformadores hispanos. Nos pertenece a todos. Sin embargo pretenden adueñarse de él. La acción y resultado de tomar para sí alguna cosa haciéndose dueño de ella, recibe el nombre de apropiación. Juan de Ávila ha sido objeto de un Congreso Internacional estos últimos días de abril. Aceite intentándose mezclar con agua. Se le ha reivindicado como “cura de Córdoba” (sic). Comparte con Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Fray Luis de Granada o Juan Luis Vives el pensamiento más alto y el humanismo más profundo. También la misma persecución, envidia e intolerancia. Tuvo que abandonar sus estudios en la Universidad de Salamanca por la implantación de los inefables Estatutos de Limpieza de Sangre (era de origen judeo converso). Unos clérigos de Écija lo denunciaron ante la Inquisición. El proceso duró desde 1531 hasta 1534. Estuvo encarcelado en el Castillo de San Jorge de Sevilla, sede del Tribunal de la Inquisición hasta que se le absolvió (la admiración que le tenía el arzobispo de Sevilla Manrique, a la sazón inquisidor general, le salvó de la condena). Impulsó la Universidad de Baeza en 1542 con un excepcional grupo de amigos humanistas: Rodrigo López, Hernando de Herrera, Bernardino de Carleval, Diego Pérez de Valdivia... todos de origen judeo converso. Una vez retirado en Montilla vio como a cada uno de ellos la Inquisición los fue anulando y condenando. Juan de Ávila Gijón, conocido como San Juan de Ávila, les decía a clérigos y jerarquías eclesiásticas: “No es de ley hermanos que vistáis y comáis como habéis gana, y que los otros no tengan ni qué vestir ni qué comer. Vuestras demasías son robos que hurtáis a los pobres, para los cuales os lo dio Dios, y no para locuras”.

Demasiado tiempo, llevan algunos, especializados en apropiaciones (no solo de edificios) y en expolios (no solo de vigas y capiteles). Este soneto, sin embargo, lo hemos expropiado por motivos de utilidad pública. Este soneto no es aceite, es agua. Y no se puede mezclar. Es una de las más elocuentes y valientes declaraciones de libertad y generosidad que se hayan escrito nunca. Si no es de Juan de Ávila, merecería serlo.

Nota: “No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte (...). Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”.

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