La sombra del parque

No entiendo por qué los parques, al menos en Córdoba, no tienen sombra (excepto Los Patos). Es que no me entra en la cabeza tal y como pega el sol por aquí. Esta pregunta me la he hecho muchísimas veces. Y tengo varias respuestas, aunque todas son  hipótesis sin confirmar.

Es verdad que mis dudas se acrecentaron cuando comencé a llevar a primer hijo al parque, pero todo se remonta mucho más atrás en el tiempo. Siempre me recuerdo conduciendo por diferentes zonas de la ciudad y preguntándome por qué había columpios y toboganes en barrios nuevos, alejados y todavía sin habitar. Bueno, son cosas del urbanismo. Pero, al estar la zona deshabitada el parque está más que desangelado, custodiado tan sólo por tres o cuatro jóvenes y tímidos arbolitos que no sirven más que para adornar el recinto. Porque sombra, lo que es sombra... Ejem. Así que, ¿cómo va a haber allí niños? ¿Qué temperatura puede llegar a adquirir el tobogán en un día soleado de primavera? No lo sé, pero seguro que una digna capaz de provocar quemaduras de tercer grado en culetes infantiles.

En fin... Seguro que los responsables municipales de este tipo de equipamientos piensan y piensan en cómo hacerlo cada vez mejor. Y consecuencia de tanta meditación surgió el parque de El Vial, junto a la antigua estación. Éste es todo un despliegue de medios: varios balancines, toboganes, columpios y hasta un tren!! El espacio es muy amplio y hay dos zonas de juegos, separadas ambas por un gran espacio vacío. Justo encima, una estructura enorme, a modo de toldo que da sombra a... Nada!!! Porque eso no da sombra a nada... Y yo, que sigo preguntándome cosas, pienso que eso no está ahí para dar sombra. Vamos a ver... ¿Los técnicos encargados del diseño del parque tuvieron en cuenta los movimientos del sol dependiendo de las diferentes estaciones del año y las temperaturas que encontramos en Córdoba en cada una de ellas? Estoy segura de que no lo pensaron, si no, lo hubieran hecho bien.

No penséis que estoy loca y que me hago preguntas muy difíciles. Cualquier padre o madre que haya llevado a un hijo suyo por allí sabrá de lo que estoy hablando. Analicémoslo por estaciones. En verano, época en Córdoba en la que mejor salir por la mañana o por la tarde tarde, resulta que la superestructura sólo da sombra donde no hay nada de nada. Todos los columpios al sol. Y en invierno, época en la que apetece salir al mediodía y que te de el solecito, la estructura sombrea la zona de columpios porque el sol está más bajo. Vamos, un despropósito.

Pero bueno, este parque es una excepción. Por lo menos tienes dónde ponerte a la sombra, aunque sea lejos de los ardientes toboganes... Un lujo con el que otras zonas recreativas de la ciudad no cuentan.

Hace algunos fines de semana, cuando todavía apretaba el calor, salimos toda la familia a dar un paseo. Mi marido tenía que hacer un recado cerca de un parque. En cuanto nuestro hijo mayor vio los toboganes quiso salir corriendo hacia ellos. Y así hicimos. Esperamos allí a que papá terminase con sus obligaciones. Ya me había percatado de que no había un árbol a 100 metros a la redonda, pero cualquiera le quitaba la ilusión al chiquitín.

Después de subir una enorme y empinada cuesta llegamos a los columpios. Estaban vacíos. No me extrañó. Aquello era un auténtico horno al aire libre. De inmediato le prohibí montarse en el tobogán, temiendo por su lindo culito. No le importó. Dedicó el rato a los balancines y a coger piedrecitas con las manos y tirárselas por encima (sí, esto es lo más le gusta del parque: tirarse las piedrecitas encima, las que luego aparecen en los lugares más recónditos de su cuerpecillo). Yo, mientras tanto, procuré que al pequeñín de tres meses no le diera el sol. Coloqué el cochecito estratégicamente y me dispuse a vigilarlo.

Todo iba bien hasta que empezó a llorar y tuve que cogerlo en brazos a la vez que el mayor quería jugar conmigo. Estuve un buen rato en los balancines sentada como las antiguas en las motos, de lado, para dar sombra con mi cuerpo al peque. Tuve que escuchar unas mil veces "así no te pongas, mamá!!!", mientras hacia sentadillas, porque no os creáis que yo me dejaba caer tal cual en el balancín. Cuando mis cuádriceps ya no podían más y el sudor se estaba apoderando de mi cuerpo me levanté del columpio y bajé a mi hijo, que volvió a jugar con las piedrecitas. Yo, sin quitarle ojo, me fui junto al tobogán, ya que daba cierta sombra. Tuvo que ser digno de ver cómo me las ingeniaba para, con el chico en brazos, buscar la mejor postura para que no nos diera el sol. Cuando llegó mi marido debió pensar que nos habíamos desintegrado. Pero no... estábamos agazapados a la sombra del tobogán.

Lo que iba a ser un paseo tranquilo y placentero se convirtió en un rato de gimnasio y sauna. Menos mal que luego hubo tiempo para una buena siesta.

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24 de octubre de 2012 - 08:00 h