Del toples al burkini. El speedo está de vuelta.
Vaya por delante de cada cual puede bañarse como le de la gana, Lo que ya de por sí es un gran avance. El caso es que producto del aburrimiento del que les hablé la semana pasada fue que empecé a reparar en los bañadores que me rodeaban y a pensar en cómo hemos cambiado.
Y eso me llevó a mi madre y mis tías con aquellos gruesos bañadores con faldita integrada y los cascos puntiagudos. Era la época del aceite Uve e incluso los gorros de goma con flores de colores. Me gustaban tanto que solo quería crecer para ponerme uno. El día que lo probé, tardé un segundo en arrancármelo. Me di cuenta de lo fantástico que es sumergirte en el mar y sentir tu pelo fluir libre y acompasado. ¡qué manía la de algunos con taparnos el pelo a las mujeres!
Un día, a finales de los 70, cuando el bikini ya se había instalado en nuestras costas, fuimos toda la familia a una bonita playa con acantilado que decían era “muy moderna”. Lo moderno consistía en que allí había llegado el toples. Después de una mañana de baños y risas, una de mis tías -la más moderna y desinhibida- retó a mi madre y a mi otra tía a bajarse el bañador y a hacer toples mientras se bañaban en aquellas aguas cristalinas. Mi abuela, mis primas y yo nos mirábamos divertidas. Los tres incrédulos maridos se reían, pensando -supongo- que no serían capaces de semejante ocurrencia. Pero lo fueron. Durante toda su vida, las tres recordaron muchas veces aquel baño.
No sé si por lo feliz y libre que mi madre se sintió aquel día, pero el caso es que muchas veces en la playa miraba mis coloridos bikinis, se sonreía y me decía: “Anda, tonta, quítate la parte de arriba”. Sí, mi madre me incitaba al toples. Que esto llegó para quedarse es evidente, pero creo que ahora está en claro retroceso. Y me explico. Las veinteañeras, libres más que nunca, resulta que no lo practican. Las de 30, mucho menos de lo que cabría esperar por el contexto social en que se han educado y con madres ya muy liberadas. Y son las mayores de 40 (y de ahí en adelante), las que con más frecuencia y naturalidad se quitan de vez en cuando el sostén (menuda palabra) para tomar el sol sin que nada se “las sostenga”.
Hablando con mi hija de estas observaciones y de por qué las veinteañeras no hacen toples, su respuesta me dejó helada. Sin dudarlo, me confesó que sienten miedo a ser grabadas en su propio entorno y que luego sea utilizada y exhibida su imagen en redes sociales. Me pareció una respuesta tan terrible como preocupante. Aquella dictadura que no permitía a las mujeres exhibir su cuerpo como quisieran, bajo una rancia moral católica, ha dado paso a otra dictadura: la de las redes sociales. Eso sí, siempre la mujer, su cuerpo y su libertad como víctima.
Y así estaba, afligida por esa respuesta, cuando aquella misma tarde, a la hora tonta de la siesta, en la playa poco concurrida donde estaba, llega una familia y se instala a mi lado. Tres mujeres cubiertas de pies a cabeza, un hombre de barba pulida y cuatro niños varones. Ellos, todos en bañador. Ver a aquellas tres mujeres bañarse en el mar a las cinco de la tarde, en pleno agosto, con la cabeza tapada y el cuerpo cubierto con varias capas de ropa gruesa y oscura (no llevaban ni siquiera burkini) me terminó de rematar ¿Qué nos ha pasado? No sé, no tengo respuesta.
Eso sí, ahora resulta que el bañador más sensual y atrevido para los hombres está de vuelta. Sí, el speedo, el revelador y rebelde turbo, ha vuelto con fuerza para los heteros.
Ay, mamá, ¡si levantaras la cabeza! ¡Los Mark Spitz vuelven¡
Sobre este blog
Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada.
Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta.
¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.
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