He vuelto. Aburrirse para avanzar
Pues sí, he vuelto. Y es que he estado retirada del mundanal ruido practicando algo poco habitual en mí desde hace demasiado tiempo. El aburrimiento.
Lo ha dicho Byung-Chul Han, el filósofo y ensayista contemporáneo, muy de moda, que analiza en sus libros la sociedad actual y los males que le afectan, entre otros, el agotamiento, el estrés, la depresión, el déficit de atención, o las redes sociales. Pues este coreano de nacimiento, alemán de residencia, católico, anticapitalista y, en mi opinión, atractivo caballero, ha afirmado que el aburrimiento es la cima de la relajación mental.
Sí, no hacer, no ver, ni escuchar, es la mejor terapia contra las trampas que tiende la mente frenética y yo, créame, necesitaba relajación mental. Demasiadas responsabilidades, demasiadas personas que te absorben la energía, demasiados problemas, demasiado ruido y demasiadas horrendas noticias en el mundo cada día. Así que mirar a otro lado y parar no es falta de sensibilidad. No, todo lo contrario. Es pura supervivencia cuando tienes cierta sensibilidad y una energía que te van absorbiendo aquí y allá.
Y como aún es tiempo de leer cosas intrascendentes, les contaré algo que ahora, al aburrirme, he recordado. Ya vendrá septiembre y otra vez la vía de apremio para todo, la urgencia y los artículos de corte mordaz, de crítica reivindicativa, e incluso los de insufrible política y la enquistada inacción de los que gobiernan.
El caso es que cuando yo era pequeña mi abuela tenía un campo maravilloso en donde recuerdo haber sido feliz. Había un pilón de piedra en donde se lavaban las lechugas que cultivaban. También había una enorme alberca, con agua gélida, en la que recuerdo muy difusamente haberme bañado alguna vez. Aquella alberca me daba miedo. Para mí era como un pozo negro y sin fondo que podía engullirme.
A mí lo que me gustaba era el pilón. Sí, el pilón de las lechugas. Mucho más manejable y a mi medida. Así que cuando quería escapar y que no me encontraran (como todavía me ocurre, pero ahora sin éxito), me sumergía en aquel pilón y aguantaba la respiración debajo de las lechugas que flotaban en la superficie. Entraba en una especie de estado de ingravidez silenciosa en donde nada ni nadie podía hacerme nada, ni siquiera encontrarme.
Aún tengo muy vivo el sabor ferruginoso del agua que a veces tragaba y los rayos de sol que se filtraban entre las lechugas que flotaban sobre mi cabeza. Para verlos, incluso abría los ojos en aquella agua turbia. No oía nada, estaba sola, sin hacer nada. Aburrida, pero feliz. Aquel estado de gracia maravilloso solo se veía interrumpido por la voz de mi madre que, de repente, gritaba con fuerza mi nombre.
No sé si les ha pasado a ustedes (no digo esto de las lechugas que comprendo tal vez sea un pelín singular). Digo algo quizá más simple. Encontrar de repente, al detenerse y practicar el denostado pero útil aburrimiento (según Chul Han, por cierto, defensor acérrimo de la siesta), la clave de algo que buscaban. Estaba ahí. Esperándoles.
Aún quedan días para septiembre. Ahí lo dejo.
Sobre este blog
Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada.
Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta.
¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.
0