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Sobre este blog

Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

Todos somos una sakura

Japón

Magdalena Entrenas

14 de marzo de 2026 20:04 h

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Un par de semanas en Japón dan para muchas reflexiones que seguro irán surgiendo. Pero cuando aún estoy en el aire de vuelta, a más de 11.278 metros de altitud, una vez pasado el estrecho de Bering, cruzada Alaska y sobrevolando en este instante Groenlandia, mientras miro las auroras boreales por la minúscula y fría ventanilla, lo único que pienso es que, en realidad, no somos nada. 

En Japón se dice en este tiempo que “en realidad, todos somos flores de cerezo” y no solo porque nacemos de un tronco sin nada, florecemos con una belleza única y tenemos una existencia breve -que no todos sabemos aprovechar-, sino por lo efímero de esa existencia. 

Cuando la sakura está en su plenitud de belleza, basta un soplo del ya tibio aire primaveral, para que de repente se desprenda del árbol y vaya cayendo a los pies del cerezo, convirtiendo su final en un nuevo espectáculo, tan bello o más que cuando estaba luminiscente en el árbol. 

A eso lo llaman en Japón el Hanafubuki, la traducción sería algo así como la “nevada de flores de cerezo”. El momento de celebrar el final, ese final que está ahí y que no todos sabemos admirar. Es también cuando conmemoran la pérdida de los seres queridos y reflexionan sobre el verdadero valor de la existencia. En las ramas donde estaban las bellas sakuras, ahora caídas como un manto blanco, de inmediato nacerán pequeñas hojas verdes. La vida siempre continúa. 

Kioto y Córdoba albergan grandes similitudes. Es la ciudad más antigua e histórica de Japón y tiene no pocos lugares patrimonio de la humanidad. Capital del país desde el año 794 hasta mediados del siglo XIX, mantiene su riqueza cultural con 17 santuarios, templos y castillos, inscritos como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Nada más bajar del tren bala que me llevo a Kioto (y que me dejó alucinada por su velocidad - ya desconocida en España-, y su estabilidad - no se movía ni un milímetro -), embriagada después de haber visto desde la ventanilla momentos antes el impresionante Futji pasar ante mí, lo primero que hice fue coger un taxi directo al Paseo del Filósofo. Su nombre se debe a Kitarō Nishida un filósofo y profesor de la universidad de Kioto que cada día paseaba por allí camino de sus clases.

Es un sendero peatonal de varios kilómetros, con un canal de agua en medio y cerezos a ambos lados. Los japoneses lo recorren en cada estación del año para andar y meditar. Aunque aún no estaban los cerezos en plena floración - si lo suficiente como para admirar su belleza- conseguí mi propósito de llegar antes del cierre del pequeño negocio del que llaman “el señor de los kimonos”. 

Y conocí al señor de los kimonos. No sabría calcular su edad. Qué importa. Me quedo con su entusiasmo y su felicidad. Nos regaló maravillosas fotos que él hace en cada estación del año de ese Paseo del Filósofo que el puede admirar cada día; nos enseñó las cosas que pinta - y no solo kimonos y haori - los objetos vintage que vende y todo con una sonrisa llena de gratitud por haber ido a conocer su refugio de tesoros que conserva y atiende cada día.

En Japón trabajar no es un castigo. Creo que convierten lo que hacen en un auténtico propósito de vida. Cada uno a su manera. Si algo me ha sorprendido es ver a tantas personas de edad que aquí llamaríamos avanzada, felices aún dedicados a “trabajar”. Las jubilaciones anticipadas y las hordas de jubilados en edad aún de aportar mucho a la sociedad y no de ser una carga, diría que no es muy japonés.

Cuando miro donde estoy, mientras escribo esto, comprendo que es hora de dejarse llevar por el viento sin miedo a la caída, una caída que más pronto que tarde ocurrirá. Pero antes sabiendo que mientras siga aquí, más cerca del infinito en este instante que nunca, es hora de vivir con intensidad. 

Todos somos una sakura. 

Sobre este blog

Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

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