Sobre este blog

Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

Decir “soy feliz” huele a tongo

Imagen que acompaña al post.

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Los sentimientos se ejercitan, como los músculos. Cuanto más sientes, más eres. Si no estás dispuesto a arrastrarte, a sucumbir al sentimiento, el que sea, y regodearte en él, caerás en la rigidez de la nada. 

Históricamente, la tasa de suicidio en Dinamarca era la más elevada del mundo. La frialdad nórdica, se decía. El hielo no siente. Así que se pusieron a trabajar y algo debieron hacer bien porque la tasa se ha reducido drásticamente. El otro día leí que ha tenido mucho que ver Alejandro Cencerrado, un albaceteño, físico y analista jefe de big data del Instituto de la Felicidad de Copenhague (si, como lo oyen, un instituto de la felicidad) quien, además, acaba de publicar un libro que lo dice todo, “En defensa de la infelicidad”.

Y es que, no nos engañemos, la felicidad es efímera y está muy sobrevalorada. Como dice Cencerrada, “ser infeliz es inevitable y necesario. Miren, ser feliz todo el rato es sencillamente imposible y ser consciente de ello aporta una tranquilidad tan placentera y reparadora que es lo más parecido a ser un poco feliz algunos ratitos de la vida.

La normalidad son esos días de mierda, esos en que ya no sabes qué más te va a ocurrir y en los que te conviertes en saltador de obstáculos a cuál más alto y para los que debes sacar la pértiga bañada en las últimas gotas de esencia de resiliencia. Cuando así ocurre, miro al frente, respiro hondo el aire fresco que golpea mi cara y reparo en que estoy viva y que aún puedo con más, mucho más. Sentir es la palabra. En fin ¿cómo voy a desear otra cosa que no sea seguir viva y estar en paz con quien más tiempo paso en el mundo? …! Exacto, conmigo misma!

El dinero va y viene. André Comte dice que la felicidad de la pasión amorosa es una felicidad ficticia; el trabajo tiene que gustarte mucho y las relaciones con los demás son - dicen los expertos - lo que más infelicidad provoca. Teniendo en cuenta que hasta el gran Abderramán III, que llevó un diario durante 70 años, solo marcó 14 días de felicidad plena -pelin pesimista sí que era - yo no voy a ser más que mi rey. Me quedo con lo que nunca falla. Yo y mis circunstancias y la capacidad de sobrevivir, de ser y sentir por y para los demás.

Otro remedio que no falla es recurrir a la felicidad por contraste. Valorar la salud, después de la enfermedad, el trabajo después de un erte, comer después de pasar hambre, o reconocer la calma después de la tempestad. Así que cuando alguien los mire y les diga, ramplonamente, “soy feliz ”, desconfíen. Es tongo. La felicidad es sobrevivir a la infelicidad… y saberlo.

Solo hay un momento del año en que todos somos felices. Un momento mágico, un microcosmos poliédrico donde nada importa, donde todos somos iguales y felices, con camiseta de Rammstein o guayabera de lino. La felicidad efímera de la feria. Nos vemos la próxima. Mientras, sobrevivan. 

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Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

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