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Sobre este blog

Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

Los colores de la vida

Personas en un vagón de metro.

Magdalena Entrenas

11 de abril de 2026 20:15 h

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No soy experta en estaciones de metro, pero he viajado lo suficiente como para saber que cada metro es un fiel reflejo de la ciudad donde se halla. Y cada vagón un microcosmos de la sociedad que en aquella habita. 

Recuerdo ir en el metro de Nueva York completamente alucinada. Tal vez porque hace de eso ya muchos años, pero la diversidad de colores, razas y hasta religiones, me dejaron entonces impresionada. Aún conservo una foto que me hicieron sentada entre un judío ultraortodoxo cuyos tirabuzones caían casi sobre mi hombro y una señora enorme afroamericana, supongo que del mismísimo Harlem.

En el metro de Tokio te das cuenta de que la vida de muchas personas es sencillamente gris. El gris no tiene por qué ser equivalente a tristeza. O sí. A mí no me gusta y, además, siempre he creído que para vestir de gris hay que estar muy delgada. Sí, amiga, te hace gorda. 

La realidad es que cuando algo no es ni blanco ni negro, decimos que está entre esa inmensa gana de grises, esa especie de comodín en donde cabe todo. Y eso está muy bien. Pero para las opiniones. Para ser lo suficientemente generoso como para admitir que es posible algo distinto a lo que tú crees. 

Para la vida, prefiero los colores brillantes. Lo rotundo. Claro, por eso con las personas me pasa lo mismo. Porque las personas también somos de colores. Las que ves venir de amarillo, las azules que te dan confianza, las que brillan en lila, las que te aportan esperanza y vida en verde, las blancas y puras y hasta las rojas pasionales. Las que se ocultan detrás del gris y no sabes nunca si van o vienen, no me gustan. 

Durante días he viajado en vagones de metro en Japón repletos de personas vestidas de todos los grises. Van en silencio, mirando su móvil, o practicando algo para mí inaudito: dormir el tiempo exacto que supongo tienen calculado dura llegar a su destino. No lo entiendo. Yo sería incapaz. Personas sobre las que te preguntas qué habrá detrás de esa apariencia tan gris. 

A la hora punta de cualquier mañana, en cualquier estación de metro de Tokio, lo que ves es un enorme magma gris de personas que van o vienen deprisa. Eso sí, para entrar al vagón, mantienen perfectas y ordenadas colas que nadie se atrevería a quebrantar. Una mañana vimos cómo un señor, con su impoluto traje gris y su cuidado maletín, se cayó al bajar precipitadamente unos escalones, impactando con fuerza en el suelo y dándose un golpe en la cabeza que resonó. Nadie se paró. Todos continuaron como si nada. Mi hija, un paso por delante de mí y más cerca del señor, reaccionó instintivamente agachándose de inmediato para ayudarle. Le tocó el brazo y entonces el señor se zafó como avergonzado, se incorporó como pudo y mientras bajaba varias veces la cabeza en señal de gratitud, continuó su marcha, diluyéndose de nuevo en aquel magma gris. 

Nos quedamos perplejas. Aquel día no pudimos evitar recordar al señor varias veces con auténtica preocupación. Saquen ustedes sus conclusiones. Yo tengo la mía. Eso sí, creo que me gustan aún menos los que se instalan en la vida color de rosa y no le dan palo al agua. Que los hay y muchos.

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Soy cordobesa, del barrio de Ciudad Jardín y ciudadana del mundo, los ochenta fueron mi momento; hiperactiva y poliédrica, nieta, hija, hermana, madre y compañera de destino y desde que recuerdo soy y me siento Abogada. 

Pipí Calzaslargas me enseñó que también nosotras podíamos ser libres, dueñas de nuestro destino, no estar sometidas y defender a los más débiles. Llevo muchos años demandando justicia y utilizando mi voz para elevar las palabras de otros. Palabras de reivindicación, de queja, de demanda o de contestación, palabras de súplica o allanamiento, y hasta palabras de amor o desamor. Ahora y aquí seré la única dueña de las palabras que les ofrezco en este azafate, la bandeja que tanto me recuerda a mi abuela y en la que espero servirles lo que mi retina femenina enfoque sobre el pasado, el presente y el futuro de una ciudad tan singular como esta. 

¿ Mi vida ? … Carpe diem amigos, que antes de lo deseable, anochecerá.

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