Érase una vez la humanidad

Jimmy P. (Arnaud Desplechin, 2013)

Como bien decía el amigo Crespo, en su crítica de Jimmy P. tras su paso por el SEFF, hace tiempo que se quiere jubilar a Arnaud Desplechin, cuando no directamente apuñalarlo por la espalda, ahora que ya nos hemos hecho todos lo suficientemente mayores y sabios como para contentarnos con el rico legado truffautiano; especialmente, cuando Desplechin ha dejado ya de pertenecernos en exclusiva y, tras el estreno de Un cuento de Navidad (Un Conte de Noël, 2008), se ha convertido en un autor conocido en nuestro país, que gusta incluso a los que jamás supieron que hubo cine -¡y qué cine!- más allá de los cigarrillos de Humphrey Bogart, las chaquetas de Cary Grant, las piernas de Marilyn Monroe y los andares de John Wayne.

Primera incursión norteamericana del autor de La Sentinelle (1992), y segunda de sus películas estrenada en España, Jimmy P. no puede sorprender desagradablemente a nadie que conozca a fondo el cine de Desplechin. De nuevo estamos ante una historia sobre el lenguaje -aunque se trate del lenguaje codificado de los sueños, de la psique-, y ante una película que nos habla del conocimiento, del aprendizaje, aunque en este caso sea de uno mismo. También, una vez más, estamos ante personajes bloqueados, que necesitan ayuda para poder salir del estado en el que se encuentran, pero sobre todo para aprender a interpretar la realidad del mundo que les rodea. Es precisamente, como ya ocurría en tantas otras cintas de su autor (de Ma vie sexuelle...a Rois et Reine), esa incapacidad, no tanto para gestionar las emociones como para interpretar la modulación y cadencia de los sentimientos, lo que hará necesaria la intervención de un intérprete (en este caso un psicólogo, que es también un antropólogo, puesto que el protagonista es un indio blackfoot), un mediador, que sirva de puente entre el individuo y el mundo, entre el yo y los otros, entre el ego, el super ego y el id.

Como Hitchcock y Lang antes que él, Desplechin se presenta en el cine norteamericano con una película sobre el psicoanálisis, cuyo misterio no es un terrible asesinato escondido en la memoria, o el secreto que se guarda tras una puerta cerrada, sino los incapacitantes dolores de cabeza de un indio norteamericano, ex combatiente herido en la II Guerra Mundial, que es enviado a un hospital militar para buscar la causa a su mal y aplicarle el adecuado tratamiento. Lo que probablemente ocurre durante buena parte del visionado de Jimmy P. es que el avezado espectador, y sin que Desplechin haya hecho nada por fomentarlo, se dedica a intentar resolver el misterio por su cuenta, es decir, adelantándose a la progresión del relato y pensando que la condición de raza sometida a un genocidio por parte de quienes lo han mandado a la contienda mundial, y que ahora se afanan en tratarlo, va a jugar un papel fundamental en la enfermedad psicológica del paciente, cuando no es así. Las claves a la dolencia del protagonista van a ir en otra dirección; una dirección que no es precisamente el colmo de la originalidad, pero que tampoco resta el menor ápice de interés a una propuesta cuyas bazas se encuentran en otro lado, en los márgenes del relato, entre capas, en la raíz cultural que habita en el subconsciente del protagonista; de ahí la necesidad de un antropólogo que descifre el lenguaje de sus sueños, sus signos, sus revelaciones ocultas, radicalmente diferentes a las del hombre blanco estadounidense.

Será precisamente en estas sesiones entre paciente (descomunal Benicio del Toro, en una de las grandes interpretaciones del año) y doctor (el habitual Mathieu Amalric), donde Desplechin despliegue su dispositivo fílmico, del que podría fácilmente trazarse una línea que nos conduciría desde El pequeño salvaje [L'enfant sauvage (François Truffaut, 1970)] hasta esta Jimmy P., pasando por Esther Kahn (2000). Si Truffaut es la gran referencia de esos encuentros, y de los momentos entre el doctor y su pareja, de nuevo Ingmar Bergman lo será en la forma que elige Desplechin para mostrarnos los sueños del protagonista -a los que no somete a ningún tratamiento fotográfico, ni aditamento o distorsión sonora, que los distinga de los momentos reales-, con la presencia en alguno de ellos del propio antropólogo; o dé lectura -como ya hizo en Rois et Reine- a una carta de despedida, con la actriz recitando de memoria la misiva y mirando directamente a cámara; algo que inventó Bergman en Los Comulgantes (Nattvardsgästerna, 1963), y que desde entonces ha sido reutilizado por directores tan dispares como el propio Desplechin o Martin Scorsese.

Más sosegado, y probablemente más maduro, que en sus dos exitosos filmes anteriores, Arnaud Desplechin dedica sus dotes de gran narrador a hermanar, mediante imágenes, sueños compartidos y palabras, a dos exiliados, a dos expoliados, a dos expatriados, en un momento histórico, tras el final de la II Guerra Mundial, en el que el mundo había perdido su inocencia y se adentraba en un trágico camino de deshumanización, hedonismo y materialismo que no tendría vuelta atrás. De ese encuentro, y de su bella coda final -de la que también seremos testigos-, nos quedará el recuerdo de haber asistido a algo que se parece bastante a nuestra definición de humanidad.

Jimmy P. pudo verse en la Sección Oficial del Festival de Cannes y en la X edición del Sevilla Festival de Cine Europeo (SEFF), celebrado en la ciudad del 8 al 16 de Noviembre de 2013.

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Publicado el
31 de marzo de 2014 - 12:18 h
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