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El hormiguero humano

Antonio Manuel Rodríguez

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La inconsciencia infantil demuestra la naturaleza depredadora del ser humano. La mía, al menos. Y muy a mi pesar. En verano jugaba en las escaleras que conducían a la azotea de mis abuelos. A las canicas. A componer universos paralelos con vasos de cristal y chapas de Cinzano. A poner rostro a los héroes de mis primeras novelas. En el rincón derecho del penúltimo peldaño había una rendija por la que manaban hormigas sin parar. De una en una. Disciplinadamente. Como un venero inagotable de lágrimas negras. Buscaban alimento en la basura. Y yo perdía las horas calculando la sucesión matemática de las hileras que formaban vacías de ida y cargadas de vuelta. Para facilitar la operación, decidí computarlas por tramos colocando un vaso boca abajo en mitad de la fila. El orden marcial se descomponía entonces en un caos parecido al de muchas manifestaciones pacíficas reducidas a escombros por los palos policiales. Resulta paradójico que los profesionales del orden estén adiestrados para romperlo. Cumpliendo órdenes, por supuesto, de políticos que no entienden que el caos que no daña a nadie es el orden natural de las cosas.

A diferencia de algunos seres humanos, las hormigas libres retoman la fila casi de inmediato. Su solidaridad utilitarista e instintiva les empuja a prescindir de la minoría por el bien de las demás. Ninguna permanece alrededor del vaso para intentar derribarlo, para rendir homenaje a las víctimas, para disfrutar del espectáculo de sus muertes lentas, ni por amor, ni por pena, ni por morbo, ni por nada. Sin embargo, las que se quedan dentro no aceptan su trágico destino y tratan de escapar por todos los medios. Lo que demuestra que el animal encerrado, por diminuto e irracional que sea, es el más humano. Un niño no lo entiende así. Ni ve crueldad en su acción, ni lógica en la conducta de las hormigas envasadas. ¿Por qué quieren huir si lo tienen todo?, se pregunta. Comida. Techo. Descanso. Y sin pensarlo un instante, el mismo impulso que lo llevó a colocar el vaso boca abajo, lo empuja a quitarlo, darle la vuelta, y machacarlas. Así funciona la sinrazón humana que nos une y nos separa del resto de los seres vivos: nuestra capacidad innata de matar por matar.

El poder se alimenta de este rasgo animal y prostituye la democracia como un vaso de cristal para encerrar a las minorías disidentes. Las más débiles. Las más humildes. Como decía Plauto, la ley no da los mismos derechos al pobre que al rico. Y aunque no aclara a quien da más, seguro que a ninguno le ha traicionado el subconsciente: son los débiles y díscolos quienes terminan atrapados bajo el vaso de cristal del poder. Sin embargo, vivimos tiempos de esperanza y solidaridad. Esta crisis pudo convertirnos en lobos pero hemos preferido actuar como hormigas. Ayudándonos. Y hemos puesto tan nervioso al poder con nuestra conducta, que ha redactado una Ley de Seguridad Ciudadana para retrotraernos al 1984 de Orwell, amenazarnos con el vaso de cristal y  jibarizar nuestros derechos fundamentales. Se equivoca. No todos consentiremos este atropello a las libertades públicas que nos permiten reivindicar y defender nuestras libertades públicas. Ahora más que nunca debemos ejercer nuestros derechos libremente, a cara descubierta, sin miedo, en mitad de la calle, juntos. Demostremos que somos un inmenso e invencible hormiguero humano. Y derribemos los muros de cristal con los que pretenden reducir la democracia al tamaño de una pecera de juguete. Sé que muchos temen que el poder se comporte como un niño y nos termine machacando sin piedad. Lo acepto. Pero no lo acato. Como decía mi abuelo: “perdimos Pozoblanco, pero yo estuve en Pozoblanco”. El poder ha cambiado los rifles por leyes. Las balas por palabras. Lo único que no han cambiado son las víctimas. Por eso es el momento de tomar conciencia y ocupar nuestro sitio en esta hilera de hormigas humanas. No temo perder esta batalla. Temo dejar de luchar. Conformarnos con el ridículo decorado de cristal de esta maldita ley mordaza. Y llamarla democracia.

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