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Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

Vender España para salvarla: patriotas que sueñan con una invasión extranjera

Movilización convocada por la detención de Nicolás Maduro

Sergio Gracia

4 de enero de 2026 19:58 h

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Este artículo nunca debió aparecer en estos momentos, ya que estábamos sumergidos en la trilogía sobre el terrorismo aceleracionista, pero debido a la gravedad de los hechos, es necesario y obligatorio hablar de lo que una parte de la sociedad desea para España.

En las últimas horas, tras la invasión llevada a cabo por EEUU y Trump en Venezuela, han circulado por las redes sociales españolas comentarios que, de forma explícita, reclaman una intervención extranjera para desalojar del poder al Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

En primer lugar, hay que destacar lo miserable y ruin que una persona puede ser para desear guerra, miseria, dolor, sufrimiento y muerte para su pueblo. Porque más allá del ruido que ejercen las propias redes, estos mensajes no son simples expresiones políticas, sino expresiones que normalizan la violencia, el golpismo, la represión y la dictadura

En segundo lugar, desde el punto de vista democrático, la gravedad es aún mayor. Estamos ante un presidente que ha salido de la voluntad del pueblo, que en ningún momento ha sido impuesto a la fuerza, que ha sido resultado de un procedimiento constitucional. Pedir su detención, e incluso su asesinato mediante una acción militar extranjera implica negar la soberanía popular, el principio de igualdad y el propio Estado de Derecho.

El fenómeno resulta paradójico cuando muchos de estos mensajes llegan desde perfiles que se autodefinen como “constitucionalistas”, “patriotas”, o “defensores de la unidad nacional”. Pedir o reclamar bombardeos de terceros Estados y pedir ser tutelados por dictadores extranjeros al mas puro estilo colonial, no es una forma extrema de patriotismo, sino una negación absoluta. Supone aceptar que la voluntad popular puede ser sustituida por la fuerza militar cuando las urnas no dieron el resultado electoral esperado.

Estos llamamientos no pueden ampararse en la libertad de expresión. La critica política, incluso la más dura, es consustancial a la democracia. La incitación a la violencia, la apología a la intervención armada o la legitimación de un golpe de Estado, no.

Vende patrias españoles

La trivialización del lenguaje bélico y la comparación frívola con escenarios de guerra real no son inocuas, estas contribuyen a deshumanizar al adversario y a erosionar la legitimidad de las instituciones, algo que la línea Trump y sus perros ideológicos regionales, llevan potenciando desde hace una década.

Estos “vende patrias” contemporáneos no dudan en subordinar la soberanía nacional y nuestros principios democráticos a intereses de grandes multinacionales y potencias extranjeras. Esta paradoja viene a evidenciar una concepción instrumental y vacía del patriotismo de banderita que venden.

Su discurso lo envuelven en banderas, consignas identitarias y apelaciones a la nación, mientras actúan de manera acomplejada, ya que, en la práctica, su lealtad no se dirige al interés general ni a la voluntad del pueblo libre. Esto resulta especialmente grave en un país como España, cuya historia reciente nos debería haber vacunado contra cualquier forma de tutela autoritaria o dictatorial.

La incoherencia en este discurso no hay pilar que la aguante, ya que mientras por un lado reclaman mano dura contra enemigos internos, por otro, se acepta, e incluso se celebra, la injerencia externa cuando sirve a intereses ideológicos o económicos propios. Este doble rasero deslegitima cualquier pretensión de patriotismo auténtico. Todo este discurso es ejecutado bajo una retórica hueca, el oportunismo de convertirse en cacique o señorito de su pueblo, y en una renuncia explicita a la dignidad política de la sociedad española.

Nuestro hijo de puta

Lo de Trump en Latinoamerica o Palestina ya estaba inventado. Lo de “Nuestro hijo de puta” es una frase que en la realpolitik se usa para describir a un líder autoritario extranjero, que pese a sus abusos, resulta útil a los intereses de una potencia

La supuesta frase se le atribuye a Roosevelt en referencia al dictador nicaragüense Somoza (“Somoza may be a son of a bitch, but he's our son of a bitch”). Dicha frase tiene 3 pilares: 1) reconocimiento de su brutalidad, 2) utilidad estratégica, y 3) pertenencia instrumental.

Esta expresión viene a ponernos ante el espejo de los derechos humanos y de la política internacional “mejor un aliado autoritario que un enemigo incontrolable”.

Esto es comparable por ejemplo con Bukele. Mientras Caracas ha dejado de ser “útil” y pasa a ser enemigo, Bukele ilustran la otra cara de la moneda, un autoritarismo tolerado (a veces, incluso elogiado) que garantiza el control interno y el alineamiento internacional. 

Mientras unos regímenes son señalados como amenazas intolerables (también Colombia o México), otros son blanqueados como socios fiables, confirmando que solo se evalúa el grado de funcionalidad política. 

Rechazo a las reglas básicas de la convivencia democrática 

Pedir un bombardeo, una intervención militar extranjera o una acción armada para cambiar un gobierno elegido democráticamente no es crítica política, no es disidencia y no es libertad de expresión en sentido pleno. Es una forma de autoritarismo discursivo que revela un profundo rechazo a las reglas básicas de la convivencia democrática. 

No hay mayor negación de patriotismo que pedir tanques contra tu propio país o suplicar la tutela de potencias extranjeras para resolver asuntos internos. Esto es una renuncia total a la soberanía.

Las redes actúan como altavoces y amplificadores. El anonimato, la lógica del enfrentamiento y la economía del clic favorecen la escalada verbal, pero el hecho de que se hagan virales no los convierte ni en aceptables ni en representativos de una sociedad democrática. La democracia no se puede medir por los decibelios del grito.

Hoy se pide la detención de un presidente y el bombardeo de un país, mañana una actuación contra X Institución o colectivo incómodo. Este camino solo lleva al vaciamiento de la democracia y al aterrizaje en una dictadura (otra más).

Defender una democracia exige algo más que llenarse la boca con su palabra constantemente. Exige rechazar sin matices la violencia política, denunciar los llamamientos a la intervención militar y reafirmar el principio básico de que los gobiernos sólo se cambian con votos y urnas, nunca con misiles, tanques, aviones y ejércitos extranjeros. Todo lo demás es propaganda, ruido y una peligrosa normalización del autoritarismo con envoltorio patriota.

Sobre este blog

Sergio Gracia Montes es graduado en Derecho por la Universidad de Córdoba. En 2018 impulsa desde Córdoba el Centro de Investigación de la Extrema Derecha (Cinved), con el que analiza y estudia los movimientos populistas y extremistas en España y a nivel internacional. Gracia cuenta con amplia formación en materia religiosa, política y de derechos humanos, e interviene en medios nacionales (Cuatro, La Sexta, Huffington Post, El Independiente, El Confidencial o El Temps) como experto en fanatismos y movimientos de ultraderecha.

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