Quiero ser como Ned Flanders

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En estos tiempos de podredumbre y corrupción no hay ejercicio más adictivo -y patético- que el curso acelerado de principios morales que se viene ofreciendo, sin sonrojo ni matices, en los medios y en púlpitos políticos desde que en una pelea callejera de ultras del Atlético y el Deportivo resultó muerto uno de los que intervenía. Esa lacra sigue ahí, incubándose bajo el parapeto de banderas de clubes cuyos dirigentes han mirado para otro lado -o han amparado con descaro- a grupos que se erigen en dueños de algo que no es de patrimonio de nadie o que, en cualquier caso, es de todos. Usted, igual que yo, conoce a algunos de esos majaras. Los hay en todos sitios. Parecen simpáticos hasta que dejan de serlo.

Ahora dicen todos que hay que erradicar la violencia en el fútbol. La física y la verbal. La que se produce dentro de los recintos y la que se da fuera. La que se publica en los comentarios de las redes sociales, también. Si ponen una cámara oculta en cualquier bar de España en el que se esté televisando un partido, pongamos por caso, del Madrid o del Barcelona, el nivel de comentarios sancionables por metro cuadrado sobrepasaría todos los límites. Y esto en Primera División, en la elite del deporte. No les quiero contar lo que se ve y lo que se escucha en un campo en el que estén jugando equipos de Tercera o de Regional Preferente. O juveniles. O benjamines. Esos padres detrás de las porterías. Esos chavales que aprenden a ser árbitros bajo una tormenta de insultos desde todos los flancos. ¿Y las chicas? Pobres de aquellas que se atreven a ser árbitros en competiciones masculinas. Les puedo asegurar que las lindezas que se escuchan en la grada -de ellos y, sí, de ellas- alcanzan un grado de desvergüenza y zafiedad abominable.

El presidente del Consejo Superior de Deportes (CSD), Miguel Cardenal, anunció este martes la puesta en marcha de un grupo de trabajo en el que están representados los aficionados que elaborará campañas educativas sobre los valores del deporte y un listado de expresiones y cánticos "rechazables y sancionables". Al personal le ha hecho mucha gracia el asunto. La cultura del insulto está fuertemente instalada en la sociedad. El insulto viene del odio. Del odio a los políticos corruptos, al jefe que te hace la vida imposible, a los tíos o a las tías, a tu empresa que te despide, a la familia real y a la irreal, a los catalanes o a los vascos o a los españoles o a los extremeños, a tu vecino de arriba o de abajo, al que aparcó en tu sitio o a ése que va por la acera de enfrente y te mira mal. No es sencillo atajar esto. Es una cuestión de educación. De respeto y de empatía. Hay muchos aficionados -muchos- a quienes ofende la simple visión de un seguidor de otro equipo simplemente porque viste una camiseta distinta a la suya. Usted lo sabe como yo. Usted lo ha visto como yo. Usted seguramente ha tenido, como yo, que esconderse en un cuarto de baño para quitarse la camiseta de su equipo para no "provocar" al rival.

En un estadio de fútbol hay adrenalina disparada y un odio fabricado a conciencia durante años. O eres de los míos o de los otros. Así te lo enseñaron los mismos que ahora te quieren meter, a bastonazos, por el buen camino. No. No parece muy posible que los aficionados al fútbol se conviertan en clones de Ned Flanders.

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Publicado el
11 de diciembre de 2014 - 18:10 h
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