Ghilas, los kilos y el peso

Nabil Ghilas sonríe en un entrenamiento del Córdoba | ÁLVARO CARMONA

El Córdoba no le ha ganado todavía ha nadie en Primera. No hay equipo que anote menos goles que él -lleva cuatro- y no ha salido de las plazas de descenso desde que arrancó el curso. Los más pervertidos amantes de la estadística dura dirán que lleva más de cuarenta años sin salir de la zona fatídica: se pasó en ella la mayor parte de la Liga 71-72, la última en la que actuó entre los grandes. Es una forma de verlo. Cruel y demagógica, pero lo es. Así están las cosas mientras no dejen de estar. Quizá este sábado cambie todo y una victoria ante el Málaga ayude a dibujar un horizonte de esperanza. Con ese propósito zumbando dentro de la cabeza de cada aficionado, los ojos se posarán en la figura del hombre-gol. Que no es, por la sencilla razón de que no marcan, ninguno de los "nueves" del plantel blanquiverde. Ni Mike Havenaar, el japonés que no encaja. Ni Xisco Jiménez, el ídolo derribado. Ni Nabil Ghilas, un desconocido al que desde la grada animan con apelativos peculiares -"Paquirrín, Paquirrín..", le gritan- y al que, por razones que van desde la pura desesperación hasta el despecho con las estrellas que no rinden, han encumbrado como uno de los ídolos del cordobesismo.

A Ghilas le quieren en El Arcángel. Y eso es magnífico. Todavía no ha marcado ningún gol, pero puede decir que es el único delantero centro que ha realizado un remate a puerta. El día que logre perforar el marco contrario, los festejos pueden durar más que una boda gitana. Llegó pasadito de peso, con la elástica Acerbis marcándole los lomos de modo evidente cuando le presentaron oficialmente en la tienda del club, el mismo día que a Fede Vico. Los dos llegaron a ultimísima hora, descartados por sus clubes, que no veían el modo de deshacerse de ellos. El argelino llega del Oporto, donde el colombiano Jackson Martínez y el camerunés Vincent Aboubakar le cerraban el paso. Julen Lopetegui, entrenador español de cuadro luso, no le tenía en cuenta y Ghilas, internacional y mundialista con su país, tomó el camino de Córdoba. Jugará aquí hasta el 30 de junio. Después volverá a casa porque no hay opción de recompra y en el Oporto tiene un contrato en vigor con cifras que el Córdoba no se puede permitir.

Ha caído en gracia porque tiene virtudes que son muy apreciadas por estos pagos. En El Arcángel, cualquier delantero que mida mas de 1'90 lo lleva crudo. El club lleva una larga cadena de futbolistas de esta morfología, delanteros más bien estáticos y torpones con los pies, finalizadores de jugadas que nunca empiezan y diana para las críticas populares porque son muy vistosos. Gustavo Balsas, Eial Strahman... Y ahora Mike Havenaar. Dijo el otro día el presidente que el japonés ha llegado por expresa recomendación de Albert Ferrer, que lo conocía por su etapa en el fútbol holandés. Al nipón le han chiflado desde su primera aparición y ya no va ni convocado. La última vez que pisó el césped ribereño fue para salir del rectángulo sustituido por Nabil Ghilas, al que le tributaron una ovación estruendosa.

Hay un puñado de razones, más o menos buenas, para la construcción a toda prisa de un icono popular. El chico metió cuatro goles en un entrenamiento a puerta abierta, nada más llegar. Los que lo vieron lo contaron y se sembró la esperanza. Luego se cambió de 'look' -peinado y barba- y comenzó a hacer dieta. Se ha quitado de encima casi cinco kilos. Juega con intensidad, va a por todas y mira siempre a la portería. Tiene un fútbol de choque, macarra y pendenciero, que le ha granjeado simpatías en unos tiempos en los que todo el mundo habla -y el primero, el propio entrenador, Ferrer- de carencia de agresividad, candidez y blandenguería. Ghilas es el hombre de moda. Sólo le falta marcar. Ha perdido kilos y ha ganado peso en un Córdoba que se quitará uno de encima si al argelino le da por noquear al Málaga con un gol ganador.

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15 de octubre de 2014 - 02:11 h