Abel Gómez, el hombre que lo ha visto todo

Le siguen mirando de un modo especial. Sea por una causa o por otra, Abel Gómez nunca pasa desapercibido. Si tiene una mala tarde, una de esas en las que no le sale nada o desaparece de la escena, los seguidores le buscarán para recriminarle que no haga lo que se supone que debe. A otros no les ocurre; a él, sí. Si tiene un partido inspirado, el personal respira a fondo y aspira el aroma que desprende su fútbol dominante. Porque Abel, cuando está con las musas a favor, es esO: un controlador de partidos, un tipo que sabe dónde ponerla, cuándo correr o frenar, un elemento que aporta seguridad a los compañeros y propaga en el adversario esa irritante sensación de no tener nada que hacer.

Abel Gómez es un buen futbolista. A veces lo demuestra y el Córdoba, su equipo en la actualidad, lo nota. Llegó en verano del 2012, cuando aún no se habían apagado las llamas de la increíble temporada del play off con Paco Jémez. Manejaba también una oferta del Zaragoza, pero decidió probarse en El Arcángel, donde le presentaron un proyecto de ascenso. Aunque los futbolistas nunca admiten que vienen a sustituir a nadie y los entrenadores, por aquello del discurso político, tampoco, lo cierto es que Abel llegó para cubrir el hueco que había dejado Javi Hervás, un héroe por sorpresa surgido de la cantera, promocionado con valentía por Jémez  y traspasado tras seis meses deslumbrantes al Sevilla por casi dos millones de euros. Hervás se fue a Primera División, Abel venía de allí. Y no precisamente de pasearse. Su llegada causó cierto impacto entre el cordobesismo, que inmediatamente le puso el foco encima. Unas primeras actuaciones en tono menor le reportaron las primeras críticas. El Córdoba esperaba de él que se transformara en una pieza diferencial y que lo hiciera de inmediato. A Abel, desde entonces, se le examina en cada partido con un baremo especial.

"Qué bien la toca el abuelo", se oye en la grada cuando el sevillano realiza un buen control o un cambio de orientación. Lo de "abuelo" no es por su edad -cumplirá este mes los 32 y hay algunos más veteranos que él en el grupo-, sino por su pelo prematuramente canoso. Abel lleva ya un tiempo llevando con tanta dignidad como resignación esa etiqueta de "viejo" que otros, como el legendario Fabrizio Ravanelli, portaron durante casi toda su carrera simplemente porque la genética les clareó el color del cabello antes que a los demás. La estética de Abel conecta con la misión que tiene en el campo -controlar, crear...- y con el brazalete de capitán que lleva amarrado al brazo. Porque, si se dan cuenta, Abel Gómez ya es uno de los futbolistas que más tiempo lleva en el convulso Córdoba del último trienio, donde el tiempo de permanencia en la plantilla no suele exceder de los doce meses. Él ya lleva 18, todo un récord. Cuando termine esta temporada, y si no media ninguna circunstancia extraña -lesión o descarte-, el Córdoba será el equipo en el que más partidos habrá disputado Abel como profesional en toda su carrera. Superará los 80 que protagonizó vistiendo la camiseta del Granada. Qué cosas tiene el fútbol.

Nacido en Sevilla el 20 de febrero de 1982, se crió en Monachil, un pueblo de Granada, y empezó a pelotear en el Granada 74. Con 12 años le echó el lazo el club de Nervión, donde fue progresando en sus divisiones inferiores hasta llegar al filial. Por ahí andaban Jesús Navas, Kepa o el recordado Antonio Puerta. Caparrós no le dio vía libre y Abel se fue al Málaga, donde desde el filial buscó dar al salto al primer equipo. Antonio Tapia le llamó para alguna convocatoria, pero nunca llegó a debutar. Y se marchó a Murcia, donde encontró lo que buscaba. Allí, en La Condomina, logró vivir la experiencia de un ascenso a Primera División. Y jugó en la élite, con Javier Clemente como entrenador. Con 25 años, disputó 30 encuentros con los murcianos en un curso que concluyó con el retorno a Segunda. Abel quería más. Y ahí le surgió una posibilidad arriesgada y exótica: Rumanía.

El Steaua de Bucarest, la institución futbolística más célebre del país, insistió en su fichaje en verano del 2008. El ex jugador del Valencia Adrian Ilie, era el director deportivo el club rumano y el que gestionó su contratación. Abel firmó por una temporada. Pero no cumplió ni siquiera un mes. Su periplo por Bucarest fue un compendio de despropósitos. Cuando él llegó, Ilie se había marchado. El entrenador, Mario Lacatus (ex del Oviedo), no le tuvo en cuenta. Abel soñaba con disputar la Liga de Campeones, una de sus principales motivaciones para aceptar la oferta rumana. Sin embargo, el club no le inscribió en la lista. Hundido, Abel aguantó poco más. Cuando Munteanu llegó al banquillo y tampoco le incluyó en las alineaciones, el mediocentro sevillano llevó a efecto lo que en la intimidad venía confesando a los más allegados en el plantel del Steaua, entre los que encontraba el ex blanquiverde Arthuro. "Me voy", dijo. Y se fue a entrenar solo, a la espera de que le surgiera una nueva oportunidad.

Ahí lo llamó el Xerez Deportivo para enrolarle en un proyecto que pretendía terminar en Primera División. Retornó al Sur. Y ya era otro muy distinto al que se fue. Más experto y curtido. Con sus canitas y las cosas más claras. Desde entonces se ha convertido en un clásico del fútbol andaluz. Con el club azulino logró su segundo ascenso a Primera División, con Esteban Vigo en el banquillo. Tras el nuevo descenso, el carrusel siguió en el Granada. En Los Cármenes estaban como locos después de haber salido después de muchos años del lodazal de la Segunda B. Y Abel Gómez, con 41 partidos jugados en el campeonato 10-11, lideró el histórico ingreso en Primera. En la máxima categoría intervino en 33 partidos. El último en casa fue ante el Real Madrid de Mourinho y Cristiano (1-2).

Y en éstas que llega el Córdoba. Otro histórico del sur ansioso por dar lustre a su nombre después de más de cuatro décadas sin pisar la Primera División. Con 30 años, después de haberlo visto todo y más, Abel Gómez se compromete por tres años con el club blanquiverde para experimentar sensaciones fuertes. Tras una primera experiencia dura, de objetivos frustrados y vaivenes en el banquillo, el nombre de Abel figuraba en las quinielas de futbolistas que podían salir del Córdoba después de que el presidente, Carlos González, revelara en medio de un indignado discurso sus intenciones a propósito de la continuidad del grupo: "Solo van a quedar cinco". Al final fueron algunos más, no muchos. Y Abel estuvo entre ellos.

Ahora, con Pablo Villa en el banquillo, el sevillano sólo ha faltado a un partido. Ha marcado tres goles en Liga y uno más en la Copa, ante el Depor. ¿Está haciendo un curso deslumbrante? Sinceramente, no. Como ningún otro. Pero la cuestión es que el equipo está metido en la lucha por el ascenso a Primera División. Y si llega, será otra cosa. Poco importarán las luces y sombras del camino si finalmente el Córdoba se gana un sitio en las eliminatorias. Ahí, cuando haya que jugarse el porvenir en dos partidos, será el momento de sacar a relucir los argumentos. La presión por un ascenso pone de los nervios a cualquiera. No es fácil resistir las exigencias de una situación que marca destinos. Si ese momento llega, no lo duden: todos mirarán a Abel Gómez.

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5 de febrero de 2014 - 11:00 h
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