Alemania, el euro y la nieve que se derrite

Después de leer hace pocos días que el banco de inversión Morgan Stanley creía que España podía ser la nueva Alemania (y que Alemania sería la nueva España), que lo peor ya había pasado, de escuchar a Rajoy que esto va bien, que somos estupendos y que todo el mundo nos cree, ahora va y resulta que no, que nada de eso. La Comisión Europea saca la manguera de agua fría y nos apunta de frente: no se cumplen los objetivos de déficit, el crecimiento va a ser menor de lo esperado y el paro va a seguir creciendo en España. La Unión Europea crecerá, su actividad económica se acelerará gradualmente, pero nosotros vamos a vivir en 2013 el peor año de la crisis.

Concretando, tendremos más recesión, más paro, más déficit y menos salarios. Y casi seguro más ajustes en el gasto y posibles subidas de impuestos.

La esperanza en el sector exterior (exportar nuestros productos) como recurso más importante para el crecimiento se tambalea. Primero por que caben dudas sobre el tamaño del sector exterior para sacarnos adelante si no se acompaña de una recuperación importante de la demanda interna. Segundo por que la competitividad ganada, que ha permitido el incremento de las exportaciones, se ha conseguido en función de lo que se llama devaluación interna (mecanismo ante la imposibilidad de una depreciación o devaluación de la moneda para recuperar competitividad), vía caída de precios y reducción de los salarios. Tercero, y más grave, porque el mundo se ha empeñado en una guerra de divisas, formato moderno de enfrentamiento que también produce víctimas. Algunos países, como Japón o China, persiguen debilitar la cotización de sus monedas para exportar mejor (al depreciar las monedas los precios de sus productos bajan  y se abaratan sus exportaciones).

Está por demostrar que la Unión Europea tenga una política de tipos de cambio que actúe para fomentar la competitividad si es necesario. Alemania, o sea Merkel, que es la que de verdad manda en este tinglado, no quiere aceptar ninguna intervención directa sobre la divisa que relaje su fortaleza, y sólo parece dispuesta a consentir medidas de estímulo en países sin déficit, los países del norte en mejor situación, lo que excluye a España directamente. Considera que no hay porqué actuar contra un euro fuerte, aunque éste amenace con "derretir como la nieve" (así dicen que se expresó la canciller alemana) los esfuerzos hechos hasta ahora en España, las mejoras de competitividad logradas a fuerza de ajustes y rebajas salariales, y acabe con las expectativas puestas en el sector exterior. El euro está en un nivel peligrosamente alto (lo ha dicho un expresidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker), y puede provocar más recesión y paro en España. Va a dificultar nuestras exportaciones y afectar al gasto de los turistas procedentes de fuera de la zona euro. Para los territorios más deprimidos recuperar la competitividad sin aplicar instrumentos de política cambiaria es más costoso de lo que se ha reconocido hasta ahora.

Aunque facilite las exportaciones es obvio que la depreciación del euro nos empobrecería al encarecer el precio de productos procedentes del exterior, y el precio de las materias primas importadas, con consecuencias sobre los costes de producción. Pero también es obvio que afecta en menor medida a la capacidad de la demanda interna y a los compradores de bienes domésticos, y es más que probable que sus efectos negativos sean menores que los de una devaluación interna.

Por otra parte se podrían rebajar los tipos de interés e inyectar liquidez al sistema para que hubiera crédito. Pero eso crearía inflación, aunque reactivase la economía, y Alemania y el Banco Central Europeo no parecen dispuestos a consentirlo.

Que esto podía pasar ya se sabía. Entre otros lo había planteado Franco Modigliani, Premio Nóbel de Economía en 1985, poco convencido de las supuestas bondades del modelo de integración europeo, quien afirmó con dureza, aquí en Córdoba, que la política marcada por el banco central alemán en el camino hacia el euro unificaba a Europa en torno al desempleo, acusando al Bundesbank de ser responsable de las altas tasas de paro en Europa.

Vino a nuestra ciudad en octubre de 1997, inaugurando los V Encuentros de Cultura Económica. A muchos no les pareció nada simpático al considerar y afirmar sin reservas que los sindicatos eran corresponsables del paro en España (toda la culpa no iba a ser del Bundesbank) por pretender salarios reales siempre crecientes, afirmando que no debía pretenderse aumentar los salarios de quienes trabajaban mientras hubiera desempleo. Defendió la aplicación de medidas propias del mercado de trabajo en Estados Unidos, como la flexibilización y liberalización de los horarios laborales, manteniendo que cada empresario debe escoger el tiempo que considera oportuno para desarrollar su labor con mayor productividad. A lo mejor por eso no les apetecía ir después de su conferencia a cenar con él. Yo tuve la oportunidad de acompañarle, en reducida compañía. Toda una experiencia poder escuchar fuera del protocolo y de las rigideces de la conferencia lo que pensaba de la unión monetaria, y por tanto del euro, en Europa.

Modigliani estaba convencido que las directrices de Alemania, nada flexibles y poco interesadas realmente en la situación de los países del sur constituían un obstáculo para la creación de empleo. Le asombraba que la gente creyera que el paro era una consecuencia del déficit, cuando es precisamente al revés. En sus escritos se puede leer que la mayor dificultad para resolver el desempleo es la escasez de demanda. Proponía que algunos países de la Unión Europea, como Francia, Italia, España, Portugal, a la vista de lo que estaba sucediendo entonces, tenían que desplazar al Bundesbank imponiendo políticas diferentes, más razonables, sin tener porqué hacer propios los mandatos de Alemania y sus presiones para mantener tipos de interés altos sin más remedio. Son razonamientos e ideas perfectamente válidos hoy extendiéndolos al cambio del euro frente a las demás monedas y a la necesidad de políticas que permitan crear empleo y no conviertan en agua los esfuerzos hechos.

Ahora que en algunos foros se cuestiona la continuidad del euro y se plantea la posibilidad, difícil y remota, de que algunos países tengan que abandonarlo digo yo que a lo mejor quien tiene que irse es Alemania. Que tontería, ¿o no? Es broma, claro.

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24 de febrero de 2013 - 07:00 h
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