Miradme bien: soy yo quien baila
Siempre fui torpe en el baile. Carecía de sentido del ritmo, mis piernas no tenían movimientos gráciles, mis brazos no se acomodaban suaves a la cadencia, mi torso era más propio de un oficinista sedentario que de un bailarín.
Pero hace unas semanas descubrí DanzIA, una aplicación que me ha convertido en lo que veis en vuestras pantallas. Soy yo; es mi cara y es mi cuerpo. Bueno, sublimados, perfeccionados, pero soy ese, el que baila. Le doy a la aplicación mis fotografías, mis vídeos, y ella me los devuelve así, haciéndome bailar como un ángel bello y armonioso, materializando mi sueño hasta hace nada irrealizable, disipando generosamente mi gran frustración, mi miseria. Ahora puedo gritarlo al mundo: soy bailarín.
Miradme bien: soy yo quien mueve mi cuerpo, mis músculos. Yo doy las coordenadas, elijo el escenario, cuándo llega el arabesque, el grand jeté, el giro en el aire, el port de bras, o como se llame. Ahí estoy, soy yo quien baila. Admirad la hermosura de mis músculos, el empaque de mis pasos de baile.
No entiendo por qué esa turba de envidiosos intentan quitar mérito a mi arte. Bailo mejor que el mejor bailarín. Id a ver ballet en directo, no importa cuán profesional, cuán virtuoso sea el bailarín principal, y me daréis la razón: comete pequeños errores, la sincronía no es perfecta, le tiemblan los tobillos al aterrizar... Pero mi baile es tan perfecto, tan mágico, que hasta yo me emociono viéndome a mí mismo excelso, ingrávido como la más elegante de las aves.
Miradme, admiradme: ¿no sentís la misma emoción que siento yo? Decidme que también palpitáis de entusiasmo con el fulgor de mi apolínea figura, con la majestad de mis cabriolas. No escuchéis a esa caterva de tristes envidiosos. Han eliminado mis vídeos de las plataformas de streaming dedicadas al ballet. Sé que están maravillados con mi arte, pero dicen que hago trampa, que no es real, que es un truco. Me cancelan, me censuran por envidia. Miradme bien: el que baila soy yo, nadie puede negarlo, nadie conseguirá borrar mi talento.
Los vídeos aún no tienen sonido, pero acabo de descubrir MusiqIA, una aplicación gracias a la que podré firmar las músicas más bellas con las que acompañar mi danza. No sé distinguir un acorde mayor de otro menor, no sé lo que es un compás de 4/4 ni un intervalo de quinta, pero da igual, te registras y la música brota como del más hermoso de los sueños. Además, los músicos son unos pelmazos insoportables: que si la intro y la coda, que si la tensión armónica, que si las séptimas mayores... Riéndome de ellos, yo estoy sólo a un clic de componer piezas de impecable factura.
Me dicen que mi arte es plano y aburrido, que carece de emoción, de conciencia, de intuición, de inspiración y de no sé qué más; que lo hace una base de datos. Pobres infelices. Me vengaré.
Álvaro Tarik
(Texto generado por EscribIA)
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