Las lágrimas negras de Córdoba

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Recientemente se ha podido ver publicado en algunos medios de comunicación el resultado de los análisis realizados a las muestras de agua tomadas en los cursos de los arroyos Bejarano y del Molino, en Sierra Morena de Córdoba. Y se me antoja que, para nuestra ciudad, analizar las aguas de estos arroyos es como analizar la sangre de sus hijos, de sus seres más queridos. Y, como toda madre, imagino que las malas noticias que se desprenden del citado análisis la ha dejado muy preocupada, compungida y triste. Las aguas de estos arroyos, la sangre más vital de Sierra Morena de Córdoba, está contaminada.

Hace tiempo que ésta ciudad viene comprobando con afligido silencio la paulatina pérdida de caudal en los arroyos de su sierra. Una anemia fluvial que debilita el vigor de sus predilectos hijos, como arroyo Bejarano y del Molino, de los que siempre se sintió tan orgullosa, y sin los que su propia historia y cultura quedarían amputadas como un árbol salvajemente podado. Pues bien, a la disminución de las lluvias como consecuencia del cambio climático que estamos provocando, a la presión humano-urbanística que sobre los entornos de dichos arroyos hemos ido desarrollando, al tiempo que vamos esquilmando en la misma proporción los acuíferos que alimentan sus caudales, le estamos sumando también la contaminación que dicha intervención humana está provocando en sus cada vez más famélicos cauces.

Entre las consecuencias que se desprenden de dichos análisis: las aguas de los arroyos Bejarano y del Molino no son aptas para el baño por sus niveles de contaminación. Lo que deja contaminada también la propia memoria de Córdoba, oscureciendo su recuerdo; dejándole un halo de tristeza al evocar aquellos tiempos en los que su familia (los cordobeses) se refrescaba en sus legendarias aguas; cuyos cauces y entornos, con el tiempo, se fueron inundando más que por tormentas por los sueños, historias y mágicos momentos vividos por cada uno de sus visitantes.

También es triste, aunque de agradecer, que haya sido el grupo de trabajo que, dentro de la Plataforma A Desalambrar, se encarga del cuidado de las fuentes y cauces fluviales, quien haya hecho el esfuerzo por sacar a la luz tal realidad, y no el propio Ayuntamiento de ésta ciudad o la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, dado que hablamos de unas de sus joyas naturales. Pues que sea la propia ciudad, la concienciación de sus ciudadanos, la propia memoria colectiva la que denuncie al Ayuntamiento y a la Confederación que Córdoba está llorando, que llora lágrimas negras: las lágrimas contaminadas que emergen a la piel de su tierra.

José Moral, miembro de la Plataforma A Desalambrar

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Publicado el
28 de septiembre de 2019 - 12:10 h
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