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Los invasores

Salustiano Luque.

Salustiano Luque

17 de agosto de 2026 20:02 h

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En los ya muy lejanos tiempos de mi infancia fue muy popular una serie televisiva llamada Los Invasores, en la que unos extraterrestres aterrizaban en nuestro planeta dispuestos a dominarlo. Para ello, cobraban la apariencia de personas corrientes con las que podías cruzarte cada día. Pero los protagonistas de la serie sabían distinguirlos para combatir la invasión: no tenían ningún tipo de sentimientos, ni latido cardiaco y, además, les delataba la rigidez de su dedo meñique.

Eran tiempos de televisión única y dogma político único, en los que a un golpe de estado llamaban Glorioso Alzamiento Nacional y España estaba amenazada por una conspiración judeo-masónica. Paradójicamente, los herederos de aquel régimen y quienes tratan de retrotraernos a aquel país en blanco y negro, ahora simpatizan con el sionismo y, en cambio, invocan reiteradamente la amenaza del islamismo. Avisan, en general, del peligro de la inmigración pero, sobre todo, la de los musulmanes. Utilizan sistemáticamente el término invasión y alertan contra las oscuras intenciones de islamización del continente europeo, seguramente para justificar una nueva Reconquista bajo la advocación de Santiago Matamoros. Por supuesto, están señalando a los migrantes pobres, a quienes huyen de las hambrunas, las guerras y las persecuciones. No están aludiendo a quienes frecuentan con sus harenes los establecimientos exclusivos del Barrio de Salamanca, ni a quienes atracan sus lujosos yates en Puerto Banús, ni a quienes van adquiriendo cada vez más clubes deportivos, palacetes o fincas rústicas para convertirlas en cotos privados de caza. Estos no son invasores, sino inversores.

Por eso, en estas últimas semanas, no han dudado en aprovechar la grave situación de Ceuta para intensificar los mensajes xenófobos, racistas e islamófobos. Evidentemente la población ceutí está sufriendo una extraordinaria crisis que ha perturbado enormemente la vida de la ciudad y ha desbordado la capacidad de sus servicios e instalaciones. Es muy lógica y entendible la indignación e incluso el miedo de sus habitantes, porque ni el gobierno español, ni la Unión Europea han estado a la altura de las circunstancias. Entendible también, desde luego, la frustración y desesperación de quienes han sido engañados y manipulados para generar esa avalancha humana, aprovechando su desarraigo y su miseria. Más aún, el dolor de las familias de las víctimas de esta enorme tragedia. Pero el calificativo de invasores les añade un estigma absolutamente inapropiado. Por las imágenes y noticias que nos llegan de esas mujeres y hombres, de esas niñas y niños, tienen más pinta de desear un bocadillo de tortilla y un vaso de agua que de conquistar Ceuta o de expandir el Islam por Europa.

Invasión, lo que se dice invasión, fue la ocupación del Sáhara Occidental por Marruecos, que obligó al pueblo saharaui a abandonar sus tierras y exiliarse en el desierto argelino, donde permanecen 50 años después. Una invasión consentida por el régimen franquista en sus últimos coletazos y tolerada durante todo este tiempo por los sucesivos gobiernos españoles y organismos internacionales. Invasión es la ocupación de Palestina y de territorios sirios y libaneses perpetrada por el estado genocida de Israel. También lo es la incursión rusa en Ucrania, en una guerra que dura más de cuatro años y está causando tantas víctimas y destrucción sin que se le vea fin. Invasión ha sido la agresión militar de Estados Unidos a Venezuela para controlar su gobierno y su petróleo. Invasores podríamos considerar a los fondos de capital extranjero que van quedándose con edificios y barrios del centro de las ciudades para especular con ellos, mientras el vecindario tradicional tiene que irse a vivir a las periferias. Invasores, incluso, podríamos llamar a quienes expolian los bienes comunes en provecho propio, dejando sin agua los Baños de Popea para llenar sus piscinas privadas, por poner un ejemplo cercano. Y, ya puestos, sin temor a equivocarnos, también podemos acusar de invasores al avispón asiático o al mejillón cebra.

Anden, por tanto, con cuidado por si se tropiezan con algún invasor. No es difícil distinguirlos, ya saben: carecen de sentimientos. Incluso aunque hayan aprendido a doblar el meñique.

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