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Fulgor y muerte de 'El carrusel del Furo'

El incendio de la atracción infantil de la plaza Matías Prats.
4 de junio de 2026 20:03 h

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Hay incendios que destruyen madera, hierro y pintura. Y hay incendios que parecen calcinar algo más difícil de nombrar. Hace unos días ardió un viejo carrusel de una plaza de Córdoba, al lado de mi casa. Al verlo después del siniestro, con los caballitos convertidos en sombras negras de sí mismos, uno tenía la sensación de estar contemplando el esqueleto de una infancia.

Los caballos seguían allí, erguidos sobre sus barras metálicas, pero habían perdido la alegría del galope inmóvil. Ya no parecían animales de feria, sino fósiles del Carbonífero rescatados de una catástrofe antigua. El fuego les había arrancado el color y les había dejado una pátina de noche y de tizne. Algunos conservaban todavía la forma exacta del sueño que fueron, como esos juguetes encontrados en los desvanes que guardan la memoria de unas manos desaparecidas.

Durante meses aquel carrusel había permanecido cerrado. La música dejó de sonar, los niños dejaron de dar vueltas y las luces dejaron de perseguir la tarde. Entonces apareció un hombre. Un indigente. Llegaba empujando un carro cargado de mantas, bolsas y objetos sin valor para los demás, pero imprescindibles para él. Entraba y salía de la atracción como quien cruza la puerta de su casa. Había convertido aquel reino abandonado de la infancia en una vivienda improvisada.

La imagen poseía una extraña belleza triste. Mientras los caballitos aguardaban pasajeros que nunca llegaban, aquel hombre ocupaba el centro de la pista. Donde antes giraban los sueños infantiles, habitaba ahora la supervivencia. El carrusel había cambiado de función sin que nadie lo anunciara: dejó de ser una fábrica de recuerdos para convertirse en refugio contra la intemperie.

Quizá por eso las fotografías del incendio resultan tan conmovedoras. No muestran solamente una atracción destruida. Muestran dos derrotas simultáneas. La derrota de la infancia y la derrota de la pobreza. Las cenizas parecen haber caído por igual sobre ambas.

Al contemplar esos caballos carbonizados me vino a la memoria aquella melancolía luminosa que Serrat depositó en El carrusel del Furo. En aquella canción el carrusel era una pequeña máquina del tiempo que seguía girando mientras la vida se alejaba por otros caminos. Cada vuelta era una estación perdida, un amor que se marchaba, una calle que ya no existía. También este carrusel cordobés parece haberse detenido en medio de una canción. Como si la música se hubiera apagado de pronto y los caballitos hubieran quedado suspendidos para siempre en el último compás.

Las ciudades suelen creer que están hechas de avenidas, edificios y estadísticas. No es verdad. Las ciudades están hechas de lugares donde alguien fue feliz alguna vez. Un banco, una heladería, un cine, una plaza o un carrusel. Cuando desaparecen, no perdemos un objeto urbano; perdemos una pequeña patria sentimental.

Ahora los caballos negros permanecen inmóviles, achicharrados bajo el sol de junio, escapados de un bosque calcinado. Y uno imagina que, cuando cae la noche y la plaza se vacía, todavía conservan en sus lomos el eco remoto de las risas infantiles. Quizá también el recuerdo silencioso de aquel mendigo que encontró entre ellos un techo provisional contra la soledad.

Porque al final los carruseles se parecen mucho a la vida: dan vueltas sobre el mismo eje mientras nosotros creemos avanzar. Y cuando la música termina, descubrimos que lo único que permanece es el temblor de las imágenes. Un caballo de madera. Una canción de Serrat. Un hombre empujando un carro. Un puñado de cenizas flotando en la tarde de Córdoba. Y esa tristeza suave, casi dulce, que deja siempre el humo cuando se lleva algo que amábamos sin saberlo.

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