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Córdoba 2026: ¿ciudad soberana o colonia de Silicon Valley?

Córdoba 2026: ¿ciudad soberana o colonia de Silicon Valley?
15 de junio de 2026 19:57 h

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Córdoba es una superposición de civilizaciones, un palimpsesto de estratos que comienza con el comercio tartésico de metales y alcanza hoy su capa digital. Bajo el modelo de Smart City, este nuevo estrato pretende erigirse como una malla invisible que promete optimizar recursos mediante la interconexión de datos, pero plantea una duda razonable: ¿es la tecnología un medio para el ciudadano o un fin para la captura de soberanía técnica? En la práctica, la Smart City se despliega como un stack o pila de capas tecnológicas que van desde los sensores en nuestras calles hasta la inteligencia artificial que toma decisiones. El riesgo no es la tecnología en sí, sino que este «cerebro digital» se convierta en una infraestructura cerrada. Córdoba corre el riesgo de pasar de ser una ciudad soberana a ser una ciudad gestionada bajo licencia.

El objetivo de este escrito es analizar cómo este modelo digital cambia la naturaleza ontológica de Córdoba; es decir, la esencia misma de lo que significa ser una ciudad. Debemos comprender que hoy, al mismo tiempo que se construye una calle o se instala una infraestructura, se está creando un espacio público virtual. Esta dimensión no es una ficción; es una expansión de la realidad de Córdoba que agranda nuestra ciudad hacia lo digital. Como advierte el experto en soberanía tecnológica Evgeny Morozov, el peligro es que no estamos viendo este nuevo territorio como lo que es: un espacio público. Al contratar servicios que dependen de las Big Tech (gigantes de Silicon Valley como Google, Microsoft o Amazon) para gestionar estos datos, el Ayuntamiento cede la soberanía de un espacio que debería ser tan público como el suelo que pisamos.

Si este modelo de dependencia le resulta familiar, es porque nuestra tierra lleva dos mil años sufriendo la misma maldición extractiva. El paralelismo entre los algoritmos actuales y la gestión del mineral en la Corduba romana es asombroso. En el siglo I d.C., la tecnología punta era el conocimiento metalúrgico para fundir el cobre de nuestra Sierra: el aes Cordubense. Los yacimientos de Cerro Muriano o las fundiciones de Trassierra no eran de los cordobeses, sino de los publicani (grandes sociedades de capitalistas de Roma) gestionados por conductores (contratistas privados) que actuaban como las Big Tech de hoy. Pero la red era aún más vasta: en el norte de la provincia, el yacimiento de Doña Rama (Belmez) revela que éramos el principal polo de plomo del mundo occidental. Lingotes marcados con las siglas «S S» de la Societas Sisaponensis, una poderosa corporación citada por Cicerón, demuestran que Córdoba era el cerebro logístico de una red que exportaba recursos por todo el Mediterráneo. Según investigaciones de la UCO, esta empresa tenía su capital y sede en Corduba, desplegando una compleja infraestructura de personas y recursos entre el Guadiato y el Valle de Alcudia. Córdoba ponía el mineral y el sudor; Roma y las corporaciones se quedaban con el valor añadido de la moneda y el control de la red.“

En el siglo X, Córdoba rompió este ciclo convirtiéndose en un centro de soberanía del conocimiento. Aquella Qurtuba fue una «Smart City» primitiva: mientras el resto de Europa carecía de infraestructuras básicas, nuestra ciudad diseñaba su propia inteligencia urbana. Un ejemplo magistral es la Noria de la Albolafia, una proeza de ingeniería que alimentaba una red hidráulica propia, o el sofisticado sistema de alcantarillado y pavimentación que hacía de Córdoba una ciudad funcional. Aquella tecnología no era alquilada; era fruto de un saber local que se exportaba al mundo. Sin embargo, en 1856, la historia volvió a la senda extractiva con el tren. Mientras la ingeniería británica de Cochrane & Co. levantaba estructuras como el popularmente conocido puente de Hierro sobre el arroyo de Pedroches, alzado en 1873 en las inmediaciones de Mirabueno, grandes compañías de capital extranjero como la MZA se hacían con las concesiones. En este mismo entorno de Chinales, el escocés Duncan Shaw fundaba en 1861 la Fábrica de Plomo de Pozo Ancho, una industria que durante casi un siglo extrajo valor dejando tras de sí hitos como el cementerio protestante del Arroyo de las Piedras para sus empleados ingleses. Córdoba puso la tierra y la mano de obra, pero el «cerebro» del negocio y los beneficios viajaron de vuelta a los bancos de Londres y París. Cuando el modelo entró en crisis, las empresas se marcharon dejando una infraestructura obsoleta que el Estado tuvo que nacionalizar en 1941, dando origen a la RENFE, mientras la fundición de Shaw era finalmente derribada en 1959.

Hoy, en 2026, el mineral es nuestra existencia misma convertida en código. Para entenderlo, basta observar nuestra «sombra digital» cotidiana. Al caminar por Córdoba, generamos una media de 288 registros de nuestra ubicación exacta al día. Al entrar en el casco histórico, una red de cerca de un centenar de sensores y cámaras inteligentes, financiada con fondos europeos para convertirnos en un «Destino Inteligente», procesa ya nuestra presencia. En milisegundos, el sistema descompone la imagen: estima la edad, registra el color o la marca de nuestra ropa, e identifica si portamos un teléfono móvil en la mano o una bolsa de una compra reciente. Esta densa malla, que suma desde las cámaras de control de acceso hasta los nuevos dispositivos 360º dotados de inteligencia artificial, no busca nuestra seguridad, sino convertir nuestro movimiento en un flujo de datos predecible.

Esta transformación no es una hipótesis; ya opera de forma silenciosa en los 100.000 contadores de Emacsa (bajo tecnología de Schneider Electric y AVEVA), en los 1.000 sensores de SADECO y en los 220 cruces semafóricos inteligentes. Córdoba está siendo diseccionada en bits antes de que hayamos decidido quién posee el bisturí. Al delegar la gestión de estos servicios esenciales en algoritmos opacos, el Ayuntamiento privatiza de facto la lógica de funcionamiento de nuestra propia infraestructura. La eficiencia técnica es hoy el envoltorio de una renuncia: la entrega de nuestra biografía urbana a una inteligencia alquilada que decide, sin transparencia, cómo fluye el agua o cómo se recoge nuestra basura.

Esta dinámica se observa en diversos nodos donde el suelo público y la tecnología privada convergen. En centros deportivos como GO fit, la infraestructura técnica permite una monitorización constante a través de llaves digitales y lectores de huella dactilar. Debemos entender que estos registros biométricos no son simples llaves de paso; son parámetros de nuestra salud, nuestro esfuerzo, frecuencia cardíaca y rendimiento, convertidos en datos. Este uso de la biometría sitúa al centro en una zona de alta fricción legal: según la normativa vigente de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), la obligatoriedad de la huella es sancionable si no se ofrece una alternativa no invasiva al usuario. Cualquier abonado tiene el derecho de exigir un método de acceso que no capture su identidad biológica, como una tarjeta física o un código, obligando al centro a ofrecer una opción que respete la soberanía que empieza, literalmente, en la punta de nuestros dedos. Al vincularse a Mutua Madrileña, el sistema cae bajo la Ley de IA de la UE (AI Act). La gravedad es máxima: nuestra biometría y datos de salud viajan a servidores en Italia para ser procesados fuera de nuestra jurisdicción. Córdoba exporta el pulso de sus ciudadanos a miles de kilómetros, un flujo invisible que el Anexo III (5.b) de la normativa clasifica como de «alto riesgo» por su potencial impacto en la valoración de perfiles financieros.

Es imperativo aclarar que no se trata de una acusación de uso, sino de señalar una arquitectura de riesgo que requiere transparencia absoluta. Especial atención merece la infancia en programas como GO fit Kids, donde la normalización de la biovigilancia debe ser auditada bajo el prisma de los derechos del menor. Del mismo modo, en grandes superficies como El Corte Inglés o La Sierra, tecnologías de WiFi Tracking mapean nuestros recorridos, convirtiendo el derecho a la ciudad en un producto de mercado.

Pero la sombra digital llega hasta nuestras células. En el Imibic y el Biobanco del Hospital Reina Sofía, miles de cordobeses entregamos nuestras muestras biológicas, desde nuestra sangre hasta tejidos de nuestros órganos, para investigar enfermedades. Es un acto altruista, pero aquí se produce la mayor «sustracción» de valor. El sistema funciona como una refinería: el ciudadano pone el ADN, el médico público pone el trabajo, pero el producto final, el algoritmo que predice un tumor, acaba blindado por patentes extranjeras. Estamos regalando el «crudo» biológico para luego comprar la gasolina a precio de oro. Es la misma trampa de nuestro aceite de oliva: vendemos el granel para que otros lo envasen y nos lo vendan como lujo.

Es en este proceso de refinamiento donde reside la verdadera trampa del aprendizaje: el valor real para estas empresas no es el dato bruto de hoy, sino el Modelo Digital que esculpen con nosotros. Cada vez que el sistema «lee» nuestro esfuerzo en el gimnasio o nuestra respuesta a un tratamiento, su Inteligencia Artificial aprende. Una vez extraída la esencia, la empresa puede permitirse el lujo de borrar nuestros registros para cumplir la ley; ya nos han vaciado de su verdadero valor. Se quedan con la Lógica del Modelo: una «máquina de predecir» que es propiedad de grandes grupos corporativos. El dato es el rastro; el modelo es el dueño del rastro. A este extractivismo se suma la Burbuja de Beneficios (Earnings Bubble), una espiral donde las Big Tech inflan sus balances comprándose servicios entre sí. Si estas tecnológicas extranjeras se vienen abajo por el estallido de una burbuja alimentada por la especulación, Córdoba corre el riesgo de repetir el error del ferrocarril de 1859. Aquella inversión pública millonaria, realizada en plena fiebre de capitales privados, nos dejó una red fragmentada y una soberanía secuestrada por entidades en quiebra que el Estado tuvo que rescatar décadas después. Hoy, el peligro es el mismo: financiar con dinero público, esos 7,6 millones de euros de fondos europeos, una infraestructura de sensores y algoritmos que, si la burbuja estalla, se convertirá en un cementerio de chatarra digital; una ciudad cuya gestión básica habrá quedado huérfana de inteligencia propia y atrapada en una «caja negra» sin soporte técnico.

Frente a esta inercia, hoy emerge la alternativa soberana: el proyecto ALIA. Esta infraestructura pública de IA, desarrollada en el Barcelona Supercomputing Center (Centro Nacional de Supercomputación), permite que instituciones como la Universidad de Córdoba (UCO) desarrollen soluciones locales utilizando una base tecnológica auditable. Sin embargo, la soberanía real no es un simple cambio de manos del dato; para evitar que la dictadura corporativa sea sustituida por una sinarquía burocrática, este estrato digital debe ser radicalmente abierto y auditable por la sociedad civil. Debemos comprender que la soberanía no se alquila al Estado, se ejerce desde la propiedad física y criptográfica del dato por parte del individuo. Solo bajo este control ciudadano cobra sentido el potencial de este modelo: si un cordobés pudiera integrar sus datos biométricos de GO fit en su Carpeta Ciudadana, ese rastro dejaría de ser un activo cautivo en un silo privado y pasaría a ser una herramienta de autonomía personal. La soberanía real implica el derecho a la trazabilidad y propiedad del dato: que cada registro generado por el ciudadano lleve una marca de origen que lo identifique como su dueño legítimo.

Esto permitiría una portabilidad efectiva: que el ciudadano pueda descargar su historial clínico y deportivo de su gimnasio en un formato abierto y seguro para llevarlo a su médico de elección o a centros de análisis independientes, permitiendo que su información sea analizada por quien él decida y no solo por el algoritmo que la capturó. Al poseer el dato y su clave de cifrado, el cordobés deja de ser un sujeto monitorizado para ser el dueño de su biografía clínica. Incluso la sanidad local, nutriéndose directamente de la inteligencia procesada en este Nodo de Soberanía Local, podría proponer chequeos preventivos a colectivos con riesgo cardiovascular basándose en patrones de actividad real. Córdoba debe usar el proyecto ALIA para crear este Modelo Digital Local.

Nos acercamos a un horizonte decisivo. En agosto de 2026, cuando finalicen los plazos de implantación de estos sistemas, el Ayuntamiento tendrá la última oportunidad de ser garante de esta soberanía mediante la Auditoría de Algoritmos, la creación de Nodos de Soberanía Local y la Protección del Aprendizaje. La plataforma digital única de 7,6 millones de euros no puede ser el precio de nuestra servidumbre. Si Córdoba protege con celo sus cuatro declaraciones de Patrimonio de la Humanidad, es hora de entender que este estrato digital es nuestra herencia presente. Por ello, el «Modelo Digital de Córdoba» debe ser declarado Bien de Interés Público. No podemos permitir que el espejo matemático de nuestra ciudad sea una propiedad privada. Una ciudad que fue faro del conocimiento en el siglo X no puede permitirse ser una colonia digital en el siglo XXI. La «inteligencia» de nuestra ciudad debe ser patrimonio de sus ciudadanos, y nuestra biometría una propiedad privada e inalienable, o será una nueva forma de servidumbre.

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