El chato vuelo de Bellido
La cultura siempre ocasiona quebraderos de cabeza a quienes no la disfrutan ni cultivan de forma habitual. Recelosos de sus mecanismos y maneras, el entramado creativo se convierte en fastidio. Leer exige tiempo y atención y también escuchar música o ver cine lo precisa. La pintura, en cambio, no precisa de tiempo para ser percibida. Un simple vistazo parece suficiente para captar su contenido. Pero, ay, el problema surge con el arte contemporáneo, cuando lo que vemos se escapa a nuestra comprensión y cuestiona los valores de nuestro pequeño mundo burgués.
La imagen del alcalde Bellido desprende tener una vida plana. No digo yo que la tenga, sino que esa percepción es la que desprende. No imaginamos que sea un voraz lector ni un adicto de la literatura, porque la práctica de la lectura fomenta el encantamiento de la palabra y reviste a tus razonamientos de matices dialécticos. Tampoco lo imagina uno extasiándose ante un cuadro de Rothko. Y no es que no haya tenido oportunidades para entrar en contacto con el arte contemporáneo. En el catálogo de la primera exposición que organicé en la Sala Vimcorsa (Equipo 57. Esculturas) allá por 2002, Bellido Roche figuraba ya como representante del PP en su Consejo de Administración.
Puede que para los políticos españoles conservadores la cultura no sea una asignatura exigible. Con nostalgia añora uno aquella recomendación que recibiera Jacques Chirac de Valéry Giscard d’Estaing de que adquiera mayores brillos de sofisticación cultural si quería llegar algún día a representar a la ciudadanía francesa.
Ya sé que está feo comparar, pero para eso lo hago. A Francisco de la Torre lo puedes introducir en cualquier ágora cultural sin que ponga cara de boniato. Unos amigos míos, votantes de Podemos, se desplazaron hasta Málaga porque quisieron conocerlo. Hechas las presentaciones, De la Torre empezó a disertar de lo divino y humano con una naturalidad aplastante. Francisco de la Torre siempre se ha distinguido por su excelente ojo para seleccionar asesores. He ahí la clave de su inteligencia. En Córdoba residen un notario (¡un notario!) y un abogado (¡un abogado!) que disponen de un amplio conocimiento sobre arte contemporáneo. O sea que el ideario conservador (que se le suponen a ambas profesiones) no es óbice para disponer de criterios y sensibilidad en esa materia tan espesa para algunos que es el arte contemporáneo.
Imaginemos que Bellido contara con el asesoramiento de alguno de ellos. Sin dudarlo, y por motivos de higiene institucional en una ciudad con tantas declaraciones patrimoniales, le instaría a rechazar de inmediato el convenio de colaboración con el Museo Europeo de Arte Contemporáneo de Barcelona. Porque esa colección se articula sobre bases muy reaccionarias, muy obsoletas en el discurso de las artes visuales y muy ñoñas en el relato de la contemporaneidad. Y porque es una colección churriburri.
El dilema no es colaborar o rechazar a una empresa privada. El problema es que esa empresa privada parece ofrecer muy chatos beneficios a la ciudad. Pero Bellido Roche no se baja del burro. Y no solamente eso sino que empieza a mercadear ofreciendo el espacio de Regina a los opositores críticos a su plan. Lo que denota que para él la cultura es el caramelo que se le ofrece al niño para que no moleste y olvidando que la cultura es el principio para obtener una sociedad más armónica y aventurera, el método para lograr mayores cotas de razonamiento, el sistema para crecer y mejorar como personas y, sobre todo, el eje vertebrador de toda acción política.
¡El eje vertebrador de toda acción política! A Bellido esta premisa le debe sonar a pamemas. ¡Un poco de sofisticación cultural y algo de implicación personal y criterio en su gestión, padre mío!
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