Las postrimerías del emblema: “le vedute” de Córdoba
A los arquitectos, viajeros, inventores, litógrafos, grabadores, cualquiera que fuera la maestría, que se dedicaban a realizar vistas panorámicas de ciudades históricas, los italianos los llaman “vedutisti”, porque se dedican a realizar “vedute”, es decir, vistas panorámicas, o “piante-vedute”, cuando esa vista recreacionista o real tiene un componente topográfico exacto de base. Piranesi, Rossini, Vasi, Nolli, etc etc, componen parte del vasto elenco iconográfico de la ciudad con más memoria literaria y visiva de si misma del mundo, que es Roma.
Esa tradición del Renacimiento llegó a Córdoba de la mano de Anton van den Wyngaerde fundamentalmente, nacido en Amberes, fallecido en Madrid y viajante por Europa, que nos legó la más famosa y atractiva vista, inspiración de una nutrida serie posterior, que fue ideada, imaginada, desde detrás de la Calahorra. La vista de Córdoba del paisajista flamenco tiene un componente estético inigualable, aun cuando posicionalmente es imposible, que por eso encanta. Este emblema santificador de los gloriosos moenia históricos de la gran ciudad de río, está hecho como si el autor de Flandes hubiera volado un dron actual en 1567 la altura de la parroquia de San José y del Espíritu Santo en el Campo de la Verdad para ofrecernos un palco donde nunca hemos podido asomarnos. Ese dron habría volado por debajo de los 20m legales en ciudad para darnos una vista, la suya, que no se eleva por encima de la torre de la catedral y que tiene altura suficiente como legarnos al fuego de la piedra la espectacular vista de Córdoba que nos dejó, guardiana como ninguna otra de nuestros dos mejores emblemas, la Mezquita, incluido su puente y su río, y la Sierra.
Siglos más tarde, Alfred Guesdon ya pudo introducir, quizás, el globo aerostático para darnos la que es la otra de las vistas aéreas más famosas de la ciudad, la de 1853, y que forma parte, afortunadamente, de la nutrida serie de ciudades españolas que componen su Espagne à vol d’oiseau realizada entre 1852 y 1854. El arquitecto y litógrafo francés nos dejó la mejor continuación de nuestro paisajista del Renacimiento, sobre todo, porque volvíamos a tener otro emblema, otra estampa de prestigio de la ciudad de Córdoba, antes de las remodelaciones de finales del XIX y del XX, sobre todo, con el recorrido completo de las murallas.
De la primera, hay una larga tradición subsiguiente de imitadores que repiten, con mayor o mejor atractivo estético, la estampa más emblemática de la ciudad, la de detrás de la Calahorra que es, más o menos, la que consta en el escudo de Córdoba, merced de Fernando III en 1241, esta vez, con el puente y la mezquita, pero sin vista de la sierra.
En realidad, Córdoba no se puede ver ni como lo hizo Wyngaerde ni como lo hizo Guesdon si no es con el apoyo de una plataforma aérea. Las vistas, en realidad, sólo pueden hacerse desde la Cuesta de los Visos, nuestro pórtico y suspiro acogedor cuando se vuelve desde Sevilla y Córdoba emerge como epifanía en la A-4; desde la N-432 volviendo de Santa Cruz a la altura de la gasolinera; desde lejos por la autovía A45 de Málaga, o desde el antiguo camino de Castro, hoy Camino de la Barca, que es el punto de vista más próximo visualmente al sacrosanto corazón monumental de la ciudad. Un punto que rara vez aparece en una imagen pública y que, parece mentira, no tiene un mirador visitable.
Estos días, con la fobia de los metros cúbicos por segundo y los centímetros abocados al desborde, tomé desde allí unas “vedute” de nuestra querida ciudad. Deberíamos reflexionar sobre el homenaje que estamos haciendo a Wyngaerde.
El punto de vista bajo de estas perspectivas, el de la autovía y el del recinto ferial, no es elemento dirimente en la potencialidad icónica de la estampa. Sí lo es el fondo, allá camino del tótem serrano, nuestro murallón verde, ya que desde este punto no se divisa el puente viejo. Rafael de la Hoz nos dejó el retro de uno de los iconos que marca el “skyline” cordobita: la trasera del bloque de siete cielos frontero al templo de la calle Claudio Marcelo. Después, nuestro tiempo ha añadido el Hipercor y la Torre del Agua. Obviamente el Hospital Provincial a poniente y el Asland a levante poco tienen que decir. Los tres anteriores si.
Se nos viene un nuevo Plan General de Ordenación del Municipio, el PGOM. Pocos pegos con esto, con los bloques más altos y las torres de otros sitios. Hablamos de emblemas, de lo que no tiene valor porque es incalculable, de secular dignidad urbana y de estampa única de ciudad, aquello que, cuando viene las catástrofes, es lo único agarrao que nos sigue quedando.
Sobre este blog
Vivo Córdoba actualmente como Prof. del Área de Arqueología de la UCO. He soñado Córdoba como: Investigador ?Ramón y Cajal? del Ministerio de Ciencia e Innovación (2013-2019). Investigador posdoctoral del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC en Madrid (2010-2013). investigador posdoctoral del Institut de Recherches sur l´Architecture Antique del CNRS-Universitè de Provence en Aix-en-Provence (2007-2010), investigador predoctoral y posdoctoral de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla (2005-2006), investigador predoctoral de la Escuela Española de Historia y Arqueología de Roma del CSIC (2003-2004) y miembro de la Real Academia de España en Roma (2002-2003) Licenciado de la 1ª Promoción de Hª del Arte de la UCO (1999). De aquello lejano y de lo diario cercano les dejaré aquí mis aprendizajes, ensayísticos, científicos, críticos y siempre personales, que espero remuevan la viveza de aquel plátano vigoroso que Julio César plantara, símbolo de vida y fertilidad, en esa Córdoba histórica que nos alumbra siempre los buenos días.
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