Calígula 2.0
En el cielo se veía una lluvia de misiles
¿Se acuerdan ustedes de Calígula 2.0? ¿El señor que se lamentaba la semana pasada de no poder cobrar un pequeño arancel a las aceitunas de mesa y, en cambio, tener la santa potestad de destruir un país?
Pues eso.
El régimen de los ayatolas es una teocracia medieval que vulnera a manos llenas los derechos humanos, aniquila a la oposición, humilla a las mujeres, secuestra la dignidad de sus ciudadanos y somete a su país a un sistema delirante anclado en cualquiera sabe qué punto perdido de la historia.
De eso no tenemos la menor duda.
Pero si juzgamos razonable ordenar un bombardeo masivo contra un país que viola gravemente los derechos humanos, ¿qué habría que hacer con un régimen genocida que ejecuta un plan de exterminio contra cientos de miles de mujeres y niños encerrados en un gueto? Un régimen que tritura hospitales, arrasa colegios, estrangula de hambre, pulveriza ciudades y abandona a su suerte a seres humanos agonizantes.
Y en nombre de la civilización.
El catálogo de crímenes que acumula Israel en el último siglo solo es comparable al cúmulo de resoluciones internacionales que ha vulnerado impunemente con la cooperación necesaria del autodenominado mundo civilizado. De hecho, el Estado israelí se edificó hace 80 años sobre una colosal operación de limpieza étnica que barrió a la mitad de la población nativa de su tierra. La otra mitad vive encerrada en jaulas donde son tratados como animales.
Netanyahu no es el artífice de este proyecto supremacista. Es la consecuencia. Que no es lo mismo. Contemplarlo ondear la bandera de la civilización en nombre del mundo libre provoca grima. Por mucho que el canciller alemán sostenga que el señor sobre el que recae una orden de detención internacional por crímenes de lesa humanidad “hace el trabajo sucio por todos nosotros”. Por cierto, el presidente de un país que perpetró dos genocidios en el siglo XX y en el XXI colabora activamente en el tercero. Menudo currículo.
El régimen liberticida y opresor de los ayatolas debe de cesar. Y sus terminales criminales en Oriente Medio tienen que poner fin a una estrategia suicida que desvirtúa la noble causa palestina y la empuja a un sacrificio dramático de dolor sin fin. Las bombas de Netanyahu sobre Teherán no buscan liberar al pueblo iraní. Al presunto genocida le trae al pairo el futuro de sus ciudadanos. Lo que el presidente israelí persigue es eliminar la penúltima amenaza regional que le permita culminar la operación de limpieza étnica que anima el proyecto sionista desde sus inicios.
El domingo pasado una treintena de cordobeses quedaron atrapados en Dubai. “En el cielo se veía una lluvia de misiles”, exclamaron angustiados por la incertidumbre de un mundo que se despeña por el abismo del disparate. El mundo que nos espera bajo el dominio del Calígula de nuestro tiempo.
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