Veraneos, 10: En casa

Sí; es cierto: hay gente sin casa y casas sin gente dentro. Es feo. Nos hemos construido así, nunca mejor dicho, y nos hemos construido mal.

Yo paso el final del verano en mi casa. Parezco un privilegiado, pero soy normal, lo juro. Sin alardes. De alquiler. No me siento culpable, no me quiero sentir culpable. Ya no entiendo el concepto "culpa": he dejado el cristianismo, las grasas saturadas y el garrafón.

En casa amo, cocino, leo, duermo, sesteo, riego, me divierto, me aburro, invito, comparto, abro ventanas, cierro puertas, las despliego, pongo un disco, lo quito, me lavo los dientes, me ducho, me seco, silbo, fumo, me da risa, me pongo triste, hablo...

Y tiro la basura. Voy a repetir porque esto es importante: tiro la basura.

Hoy he reparado un desconchón de la pared (o lo he estropeado más, no sé, no sé nada de desconchones; ahora que lo pienso, si escarbas en un desconchón, lo mejoras, sí o sí. Lo demás es Teología, una rama menor de la Ciencia Ficción).

En fin; a veces pienso que si yo escribiera la mejor novela de mi generación la titularía "La Casa".

Que si yo compusiera el poema más conmovedor de las antologías de la nueva poesía en español se llamaría "Casa".

Que si una amiga se quedara embarazada, automáticamente le diría "casa".

Que si rodara una película espectacular, con contrapicados sorprendentes, con actores cojonudos, con un plano subjetivo del amanecer desde un porche de madera o desde la ventana de una cocina con cortinas estampadas con zanahorias de colores, la llamaría "Home".

Y si compusiera un disco de 15 canciones de 4 minutos cada una se llamaría "Homeground" y sonarían dobros y banjos cruzados, y una viola, y un hammond, y unos crótalos, y un arreglo hecho por ruido de agua en un barreño de cinc.

Y mientras esto pasa –o puede pasar, que nunca se sabe- yo paso el final del verano en mi casa. Y el sol cae. Y yo lo levanto por la mañana.

Tan ricamente.

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30 de agosto de 2015 - 03:00 h
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