El Freno

Vamos con el freno de mano echado. Vamos demasiado pendientes de la palanca, parece que nos asusta el vértigo, el borde del abismo, el peralte de la curva, la cuneta.

Es comprensible: tendemos a ser cautos, precavidos, atentos…

Atentos a no sabemos qué.

Hemos dejado de ser audaces en muchos asuntos que dan –o deberían dar- sentido a nuestras vidas: lo que consumimos, lo que hablamos, lo que escribimos, los gestos, lo que compramos, lo que nos venden… con quien pasar el resto de los días o un par de noches.

La política, esa cosa que debería servir para relacionarnos, también se antoja cautelosa, táctica, con la mano en el freno.

Ni la Fórmula Uno, ni el Boxeo, ni el Fútbol (últimas religiones globales con liturgias propias) se escapan al puñetero freno.

Ni siquiera eso que confunde el amor con el deseo en cualquier bar de madrugada se escapa a la más que posible posibilidad de frenar. Hasta una huida discreta es cautelosa.

La audacia ha pasado de moda.

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8 de octubre de 2017 - 08:18 h