Caladeros, diplomacia y convivencia

La intención a media mañana de ayer sábado era la de hacerme con los ingredientes necesarios para preparar unas costillas de ternera asadas con su brochazo de miel, mostaza y vinagre -me salen estupendas- y

sus patatas con chimichurri al lado. Y, después, semisiesta doméstica con un ojo puesto en la etapa del Tour.

Pues no; tras consulta, me dice mi compañera de piso que mejor un pescado a la plancha con ensalada, que hace calor, y después semisiesta con un ojo puesto en los mundiales de natación. Más fresquito todo. Vale, no lo veo mal; así son las negociaciones de la convivencia.

Camino hacia la pescadería del barrio pensando que aún no hay acuerdo sobre el tratado de pesca entre la Unión Europea y Marruecos, que casi

pero que no, que quedan flecos, que se espera otra reunión para la próxima semana. El asunto está parado desde diciembre de 2011, cuando la Eurocámara se opuso a prorrogar el régimen pesquero porque dudaba de su sostenibilidad medioambiental y de su rentabilidad económica. Mientras, la flota pesquera española, de Cádiz y de Canarias, unos setenta buques, recibían ayudas compensatorias, sin tener en cuenta la plusvalía posterior (transformación, manufacturas, transporte, auxiliares, etc...) durante un año. Que ya ha expirado.

¿Y ahora qué? A esperar más jornadas de negociación de funcionarios europeos vestidos con ternos azul marino en Rabat a 40 grados a la sombra frente a los pacientes y astutos diplomáticos alauitas, vestidos con frescas chilabas de hilo, y a los que la prisa les parece una ordinariez inaceptable: "un poco más de té, saib..."

Mientras, el mayor caladero del Atlántico Norte está frente a las costas del Sahara, cuya República Árabe Saharahui Democrática no está reconocida como estado ni por la UE, ni por Marruecos, obviamente, ni por España, tenga el gobierno que tenga en sus casi cuarenta años de "modélica transición a la democracia y al posicionamiento internacional"; luego no se sentarán a negociar nada, no son nadie. Ya les dirán algo después.

A veces tengo la impresión de que eso que llaman Diplomacia se parece a lo de no reconocer que son los nietos los que llevan al circo a los abuelos y no viceversa, como algún entrañable panoli aún se cree.

Los niños odian el circo, entérense.

Y, para colmo, el "sucesor de Franco en calidad de monarca" (frase del gran monologuista cómico Jiménez Losantos), como ha suspendido este curso, está haciendo un cursillo veraniego de estadista en Marruecos, en casa de su ejemplar sobrino, para limpiar su conciencia y olvidarse de los yernos y los elefantes. Que le vaya bien.

Vuelvo a casa con la bolsa de la pescadería y suelto las dos pequeñas doradas en el fregadero. Las miro a sus redondos ojos y me pregunto ¿qué coño hago yo ahora con éstas?.

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21 de julio de 2013 - 03:00 h
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