Sobre este blog

Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

Ese bar

Un bar.

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Desde que abrió siempre íbamos al Ómicron, nuestro bar favorito.

Éramos jóvenes y las noches eran cortas. Hacíamos como que estudiábamos, fotocopiamos los apuntes, atascábamos el servicio de reprografía de la Facultad y negociábamos con folios grapados y litronas.

Y llegaba el viernes, el primer viernes de mes después de pagarle el alquiler al casero, después de haber recibido el giro familiar en una caja postal de la esquina.

Y nos tomábamos unas cañas con tapa “para hacer barrillo en la tripa” y, luego, salíamos a quemar la ciudad con nuestras cazadoras ignífugas para tomar “chupitos” que arrasaban como el napalm nuestras gargantas.

Los dueños del Ómicron decían en su publicidad que ellos “no eran ni alfa ni omega” y que allí cabían todos, los de filosofía y letras o los de enfermería, los de medicina, los de traducción e interpretación, los de derecho y, que si llegaba la tuna, los echaban por su propio interés.

Joy Division, The Cure, los Smiths o Psychodelic Furs se escuchaban en el Ómicron porque el pinchadiscos estaba en cuarto de filosofía pura. Y allí puede que se quedase.

Nadie supo jamás quién era el último de la fila en el Ómicron.

Los bares tenían nombres raros pero inmanentes en el imaginario. Ahora esos nombres nos hablan de otras cosas.

Nadie era culpable allí. Tal vez tampoco inocente.

Pero no encendamos los focos. La luz tenue nos abriga a todos y cuando “el pincha” ponía a Suzanne Vega sabíamos que nos teníamos que ir del bar.

(Fundido a negro)

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Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.

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