Elemental querido Watson

No corren buenos tiempos para las vocaciones, que no tengan a priori un buen desarrollo profesional en este tan agresivo y competitivo mercado laboral. Ya nos lo advirtió  hace unos meses el ahora"popular" ministro Wert: "No estudien aquello que les guste, sino lo que tenga mejor salida profesional".

Y al hilo de este comentario me acordé de la historia de Gilliam que narra Ken Robinson en su libro El Elemento, el cual  recomiendo entusiastamente. Resumidamente, Gilliam es una niña de 8 años, inquieta , a la que le costaba prestar atención clase, no entregaba a menudo las tareas y cuando lo hacía eran un auténtico desastre. Un día sus padres recibieron una comunicación del colegio: su hija tiene TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad) lo que provocó la consiguiente alarma en la familia que se puso en la búsqueda de un psicólogo para tratar  a la niña. En el despacho del psicólogo la madre se "sinceró" respecto a la conducta de la niña en la Escuela (con la cría delante evidentemente), de su preocupación respecto a su "trastorno" y las consecuencias que el mismo tendría para su futuro. El psicólogo pidió a la madre que la acompañara a otra estancia de la consulta pero antes de abandonar el despacho encendió la radio. Ya fuera, el psicólogo le pidió a la madre de Gilliam que observara a su hija desde una ventana, donde no podía verles. La niña se levantó y empezó a bailar al son de la música, moviéndose por todo el despacho, con una gracia que provocó que ambos se quedaran embobados viendo la "performance" de Gilliam. El psicólo se volvió a la madre y le dijo: " Su hija no tiene TDAH.  Su hija es bailarina. Llévela a una Escuela de Danza". Con el tiempo Gillian Lynne se convirtió en la primera bailarina del la Royal Ballet Company de Londre y fue la coreógrafa que creó los musicales de Cats y El fantasma de la Opera.

El concepto de Elemento básicamente expresa la confluencia del Talento con la Vocación, es decir, de las cosas que se nos dan especialmente bien con aquello que nos gusta hacer. Estoy absolutamente convencido, en que todos debemos encontrar nuestro Elemento y desarrollarnos en él para dar así forma y sentido a nuestra vida. Orientando el talento de las distintas generaciones a profesiones con mejores salidas en este momento, crearemos por un lado un proceso inflacionista de estas ocupaciones (si todos se dedican a lo mismo habrá un exceso de oferta en el mercado) y por otro lado algo más preocupante:  personas absolutamente desapegadas de su profesión, que pagan sus facturas sí, pero con altos índices de frustración. Y la pregunta es, ¿se puede permitir un país crear generaciones de personas frustradas?.

La principal preocupación que debiera de tener el ministro Wert es estructurar un sistema de educación que ayudara al alumno a identificar sus talentos con el fin de potenciarlos y encauzarlos adecuadamente para que reviertan en la sociedad y en sí mismo, sin menospreciar, sin sobreponderar  un talento respecto a otro (igual de bueno es ser ingeniero como bailarín, carpintero, periodista, maestro, economista, payaso…).

Quizás esté pidiendo demasiado. O quizás no,  y tengo la esperanza que este debate tarde o temprano calará, y entre todos empujemos hacia un sistema educativo enfocado en el talento de las personas, y que la cita de George Bernard Shaw, "tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela", se quede en anécdota. BE TIM.

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21 de noviembre de 2013 - 08:41 h