'El agente secreto': de fascismo, memoria y tiburones
Hay películas que tienen capas y capas, como si sus creadores hubieran querido acumular perspectivas y detalles, apuntes y a veces divagaciones, sobre una historia que tal vez les habría resultado muy difícil contar de manera más simple y lineal. En esos casos, la diferencia entre un buen y un mal largometraje reside en la pericia con la que en la pantalla vemos desenvolverse la red de personajes y acciones, así como en la forma en cómo el espectador es interpelado. En este sentido, son abundantes, sobre todo en el cine más actual, las producciones que nos convierten en menores de edad manipulables emocionalmente, mientras que son más raras aquéllas que nos exigen una mirada entre interrogantes. El agente secreto, frente a la que la española Sirat es una clara perdedora en la carrera hacia el Oscar, responde a ese segundo tipo de películas que muy de vez en cuando me reconcilian con una pantalla grande frente a la que me siento inquieto, perturbado y, al fin, tratado como un adulto al que le gusta el cine como vehículo narrativo y como espejo también de lo que somos.
Tras uno de los prólogos más originales de los últimos meses, la película de Kleber Mendonça Filho, nos adentra en la historia del protagonista, un Marcelo/Armando al que da carne y sentido un estupendísimo Wagner Moura, que es todo un retrato de un país y de un momento histórico: el Brasil de 1977, en plena dictadura en la que estaba al frente del gobierno el general Ernesto Geisel. La forma en que está rodada, la banda sonora que acompaña las imágenes, la extraordinaria ambientación y el emocionante homenaje que se hace al poder social del cine en aquellas décadas – memorable cómo se refleja el impacto de la película Tiburón – nos llevan de la mano a un contexto singular desde el que, sin embargo, la película nos habla de cuestiones universales y lamentablemente tan contemporáneas. En El agente secreto se desvelan cómo funcionan las tramas de poder no democráticas, cómo se amparan y prorrogan a través de abusos y violencias, todo ello desde un patriarcado estructural en el que los pactos de varones – explícitos e implícitos, inteligentes y mediocres – sustentan jerarquías que siempre generan exclusiones. Unas exclusiones que, a su vez, provocan la aparición de redes de supervivencia y solidaridad, en las que, en este caso sí, las mujeres desempeñan un rol clave en el sostén de esas vidas paralelas. Ahí está la inolvidable Sebastiana para certificarlo.
Sin renunciar a momentos de ternura, como todos los que nos muestran la relación del protagonista con su hijo, la película maneja una diversidad de claves narrativas sin que en ningún momento esa mezcla provoque el naufragio. En ella hay humor negro, tensión de thriller y hasta un aire de cine de aventuras, ingredientes que, unidos a un reparto en estado de gracia, confluyen en mostrarnos un país al que es difícil de iluminar con luces cortas. Todo ello desde una más que evidente declaración de amor al cine en lo que casi podría ser el reverso ácido y tembloroso de Cinema Paradiso.
Todo ello podría haber sido contado sin necesidad del metraje excesivo que es el mayor “pero” que puede ponerse a una película tan bien urdida que es difícil encontrarle las costuras. Incluso lo que hecho de otra manera podría haber resultado una apuesta simplona y acomodaticia, me refiero a cómo engarza el relato del pasado con el presente, aquí resulta una vía oportuna y hasta emocionante. Justo la que nos lleva a esa otra dimensión que también forma parte de El agente secreto: la relevancia de la memoria histórica, el peso de lo vivido como mapa político y emocional, la conexión inevitable entre las fracturas anteriores y las inquietudes presentes. Desde esta perspectiva, la película es también una lección sobre cómo actúan los fascismos y sobre la necesidad de no olvidar los dolores que fueron dejando en países, personas y territorios. Es así como este largometraje, tan lleno de vida, evidencia también un compromiso contra la corrupción, las injusticias y la negación de libertades. Entronca así con otra película brasileña que nos deslumbró el año pasado- Aún estoy aquí (Walter Salles, 2024) – y con los miedos de un siglo en el que muchos nos acongojamos ante los augurios electorales. Menos mal que, de momento, seguimos teniendo el cine para ayudarnos a despertar de las pesadillas.
Sobre este blog
Padre imperfecto, primo hermano de Orlando, feminista en construcción, jurista nómada, cinéfilo “aguafiestas”, además de egabrense y catedrático de la UCO. Llevo años estudiando desde el punto de vista jurídico, pero no solo, los problemas y los dilemas de la igualdad. He publicado libros como El hombre que no deberíamos ser, Autorretrato de un macho disidente o John Wayne que estás en los cielos. Empeñado en mirar con lentes feministas, a lo Siri Hustvedt, la realidad y su reflejo en las pantallas, me quedé tocado cuando vi Thelma y Louise en el Cine Isabel la Católica.
Todavía hoy, mientras releo a Virginia Woolf, sueño con escribir un final distinto para la historia. Mientras llega ese happy end, no dejo de ver películas en las que busco las respuestas que no me ofrecen ni el Derecho ni Boyero. Imaginando un mundo con menos palomitas y más conversación.
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