Santa Ruth de Río Seco

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Ruth tiene 25 años, una ingeniería superior de Caminos y una sonrisa enorme. La he conocido con mono de trabajo anudado a la cintura y camiseta. Un atuendo perfecto para una heroína como ella.

Ruth es una de las 150 personas que mantienen con su trabajo el monasterio de Santa María de Ríoseco, en el Valle de Manzanedo en Burgos. Como los monjes blancos que lo fundaron en 1236, Ruth y los voluntarios trabajan con sus manos para recuperar una de las joyas del románico castellanoleonés. La orden cistercense predicaba la santidad del trabajo manual y de la vida alejada del mundo. Los voluntarios del Valle de Manzanedo llevan cinco veranos retirando con sus manos los escombros de un edificio abandonado a finales de los 70 y expoliado sistemáticamente durante casi 40 años.

No visten de blanco, pero el ejército de voluntarios podría parecer la reencarnación de los monjes conversos o legos, que eran los que se ocupaban del trabajo en las huertas, mientras los monjes oradores, que eran los letrados, se ocupaban de la liturgia y de dirigir el trabajo de la vida en comunidad. Podría, pero no.

No, porque en la comunidad que ocupa hoy el Monasterio de Santa María de Ríoseco, la vida no se organiza así. Aquí, la ingeniera hace de guía, mientras los arqueólogos retiran escombro codo con codo con albañiles y pastores. No hay abades ni nobles que mantengan el monasterio para ganarse el Cielo. El edificio se mantiene de la aportación de los turistas que lo descubren casi por casualidad entre la maleza y con algún proyecto menor subvencionado para arreglar alguna cubierta (hasta ahora se han conseguido dos). El Gobierno autonómico no tiene un programa específico de conservación del monumento el arzobispado abandonó el edificio en los 70 cuando dejaron de oficiarse misas en su iglesia y los ganaderos de la zona, que ocuparon el antiguo claustro como establo, salieron al mismo tiempo.

Durante décadas el edificio quedó abandonado a su suerte entre la hiedra y las zarzas, que fueron ocultándolo y haciendo desaparecer siete siglos en apenas 30 años. Los vecinos y el párroco de la zona decidieron hace cinco años arrancarle al monte lo que había sido de los monjes. Cada verano organizan la semana del voluntariado y durante 7 días, más de 150 personas trabajan al unísono para recuperar la historia del edificio. Y todo se hace en silencio, sin manifestaciones ni quejas públicas en una especie de resignación divina, como si la desidia administrativa fuese tan irreparable como los efectos de la hiedra sobre los muros, pero con una ilusión casi sobrehumana.

En el Valle de Manzanedo las casas se vaciarán cuando empiecen a caer las primeras hojas. Desaparecerán los turistas y en pocos meses la nieve volverá a caer sobre el monasterio. La abadesa Ruth buscará trabajo como tantos jóvenes de su generación, pero entre tanta incertidumbre, una certeza. El verano que viene volverá a su monasterio.

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Publicado el
8 de agosto de 2015 - 08:55 h
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