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Historias sin contar

Elena Lázaro

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No acierto a entender por qué todo el mundo hace sus balances de año antes de que den las uvas. Llevo mes y medio leyendo sesudos análisis políticos, curiosos resúmenes culturales y clónicas recopilaciones de imágenes en redes sociales, como si los días que faltaban para completar los 365 de 2016 no pudieran traer nada interesante. Por eso he preferido esperar al 1 de enero para hacer mi resumen. Por eso y porque ni la resaca ni los preparativos de mi primera Nochevieja como madre de asistente a cotillón de moda me han dejado mucho tiempo libre. En fin, a lo que iba. Mirar para atrás, además de ser incómodo por esta tortícolis crónica que sufro, resulta inquietante a esta edad en la que empiezas a liberar espacio en tu memoria demasiado a menudo ¿De verdad recuerdan lo que ocurrió en enero de 2016? No saben las hemerotecas digitales cuánto bien han hecho a la humanidad.

El caso es que cuando me he puesto a escribir estas líneas he preferido no tratar de entender lo acontecido en este planeta los últimos doce meses. Si, sí, Trump, el Brexit, el centrifugado electoral por el que tras dar mis vueltas en las urnas hicimos cambiar todo para que todo quedase igual… ME NIEGO. Para eso ya tienen ustedes todo tipo de especiales en la prensa de papel (sí, no se asusten, los quioscos siguen abiertos y aún hay quien se moja el índice para pasar páginas), en alguna tertulia de radio (por estas fechas se estila mucho el enlatado) y programa de televisión (éstos resultan altamente recomendables para recordar la lista de sucesos y otros eventos escatológicos del año). Tampoco me parecía elegante atiborrarles con un pase privado de mis imágenes familiares, que a estas alturas les imagino ya empachados de vídeos naif sobre la sencillez de la felicidad y las bondades de la vida pausada, tranquila y saludable y un tanto saturados de selfies propios y ajenos.

Así que he optado por chutarme un relajante muscular y girar el cuello para intentar recordar algunas de las historias que he dejado de contar por pura vagancia o por la extraña inseguridad que me invade cada vez que me enfrento a la pantalla en blanco. Son los relatos de personas con las que he tenido la oportunidad de cruzarme por primera vez en 2016 y que, por una u otra razón, me han hecho pensar en lo mucho que me gusta seguir llenando la mochila a base de nuevas amistades o conversaciones interesantes. Gentes a las que casi con total seguridad no volveré a ver, como Omar, el vendedor ambulante con el que pude conversar en una noche coruñesa y que con absoluta naturalidad me justificó la poligamia y la sharía que se practican en su Touba natal, donde viven sus 6 esposas senegalesas y sus 25 hijos. Eso sí, soltaba su discurso sobre la santidad de las relaciones entre el hombre y la mujer mientras aprovechaba para rozarme la mano cada vez que podía. O Elena, una compatriota suya, a la que pagué para que trenzara el pelo de mi hija en la playa, una excusa como otra cualquiera para poder “interrogarla” y descubrir la rutina de una mujer que se siente feliz a pesar de haber dejado a sus tres hijos en África y de haberse casado obligada con su primo, al que confiesa ver más como un hermano que como hombre.

Al contrario, están P. o M., a quienes esperas sumar a la nómina de amistades porque la primera te enseñó que ni tus miedos ni tus anhelos son tan distintos ni originales; el segundo por tener esa tara mental de querer saber todo sobre personas como Omar y te ayudan en una entrevista colectiva. O José Ángel, cuyo innato talento para la música le permitió darme una bofetada metafórica a mis prejuicios. ¡Cómo iba a imaginar que uno de los chicos de mantenimiento del campus iba a tocar el piano de aquella manera! Zas, querida progre. No hay que ir al Concierto de Año Nuevo ni tener abono para la Orquesta para entender la música ni tener una especial sensibilidad para el arte. Y Pablo, que a sus 98 años se sienta en la pescadería a contarte que anda un poco fastidiado porque sus hijos quieren eliminar su perfil de facebook y que menos mal que aún puede guasapear con los biznietos y contarle a una extraña como yo que estuvo en la Batalla del Ebro y que la guerra es lo peor que puede vivir una persona te quedo o no metralla en la pierna para recordártelo.

Pequeñas historias para seguir engordando la nómina de experiencias que me hacen pensar en todas las que me estaré perdiendo, generando una cierta angustia vital que corre el riesgo de confundirse con la gastritis o pellizco estomacal propio de las fechas. Trataremos de calmarlo a base de conversaciones y amistad. Feliz 2017.

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