Por Dios y por Alá, cómo nos gusta follar

Si no fuera por la tragedia que esconden, las historias de Omar, Fátima, Javier y Sonia podrían haber servido de argumento a una comedia de Lope de Vega o al último estreno de Hollywood porque cuatrocientos años no son nada cuando hablamos de un tema universal como es el amor, bueno, los cuernos.

En el Siglo de Oro y en el de Internet, las infidelidades cuentan lo mismo para quien las comete como para quienes las sufren y, sobre todo, para quienes disfrutan del chisme y el comentario mal disimulado. En el caso de Omar y Fátima, la cornuda fue la esposa del primero; en el de Javier y Sonia, el astado fue el esposo de ésta. Fátima era viuda; Javier soltero.

Omar y Fátima fueron sorprendidos en un coche en una playa de Casablanca. ¿Es que puede haber algo más romántico que hacer el amor en una playa de Casablanca en una noche de verano bajo las estrellas? Inevitable imaginarles jurarse amor eterno a pesar de las dificultades. Aquella noche serían Rick e Ilsa, sin preocupaciones, sin Laszlo y todos esos principios y rectitud interponiéndose entre ellos.

A Javier y a Sonia los pilló el detective contratado por el ofendido esposo. Se habían intercambiado sendas alianzas con el nombre del otro grabado. Debieron hacer su promesa de lealtad una de las noches en las que él abrió su palacio para ella.

A Omar y a Fátima no les quedaba París como a Rick y a Isla porque cuando eres el presidente o la vicepresidenta de un partido islamista radical y te ocupas de adoctrinar a la juventud musulmana en la más estricta y castrante doctrina moral no sueles ser bien recibido en una república laica. Tampoco te quieren en tu país, donde el adulterio se paga con cárcel.

Javier y Sonia no irán a la cárcel, pero no se han librado de la condena. Él ha sido destituido como obispo de Mallorca; ella tendrá que lidiar con el escarnio público por haberse liado con un cura.

La tragedia de Omar y Fátima y de Sonia y Javier es que la moral religiosa, cuando se hace pública o política, en el caso de los primeros, se convierte en una pesada losa que intenta machacar la naturaleza misma del individuo (¿o hay algo más natural que el deseo sexual?) y su libertad. El resto asistiremos entre chismes y risas al espectáculo de ver cómo se intenta justificar lo inexcusable. Porque por mucho que se argumente en contra, no hay religión que pueda con las ganas de echar un polvo en un palacio (aunque sea episcopal) o en una playa.

*Para los curiosos, la historia completa de Omar y Fátima está contada aquí http://elpais.com/elpais/2016/09/08/opinion/1473349488_905265.html y la de Javier y Sonia aquí http://politica.elpais.com/politica/2016/09/08/actualidad/1473330524_092738.htmlhttp://elpais.com/elpais/2016/09/08/opinion/1473349488_905265.htmlhttp://politica.elpais.com/politica/2016/09/08/actualidad/1473330524_092738.html

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10 de septiembre de 2016 - 10:46 h