El dilema caperucito

Está esperando a que el ansiolítico le haga efecto. Comienza a dar vueltas en la cama y, aunque lo intenta, no puede dejar de pensar. Ha probado con la novela que dejó a medias al terminar agosto. No ha servido para nada. Las letras le bailan y le vuelven las ideas. Ha encendido la tele buscando una comedia románticoñoña. Tampoco.

Caperucita no entiende por qué tiene que ser ella quien cruce andando el monte hasta casa de la abuela. Hace años que dejó los scouts y aún no tiene edad de sumarse al club de senderismo de pensionistas del pueblo. En cambio la abuela… Si la abuela hubiera practicado algo de deporte y no hubiese fumado tanto no se vería ahora en la cama esperando a que su nieta le lleve el almuerzo. Es una chantajista. Le regaló la capa y le dijo a todo el mundo que la había hecho con sus propias manos. Ja. Caperucita encontró el catálogo de venta por correo en el que una modelo de largos tirabuzones rubios mostraba la caperuza en tres colores diferentes. La abuela eligió el rojo y todos saben por qué.

Tampoco se le va de la cabeza a Caperucita el listado de advertencias maternas para garantizar el éxito de su ruta:

Sal temprano… ¿Y si me quedo dormida? ¿Y si no suena el despertador? ¿Y si hace demasiado frío al amanecer? Porque si lo que llevo es el almuerzo, tampoco es necesario llegar a la hora del aperitivo, que conocemos a la abuela y como se le llene el estómago empieza a tirar de cervezas.

Ponte la caperuza que la abuela… sí, sí, la que tejió con sus manos mientras esperaba a cantar bingo.

No comas nada de la cesta… tranquila, mamá, no me interesa el menú hospitalario. Seguro que a la abuela tampoco.

Toma el camino de siempre… perfecto, tendré que dar un rodeo kilométrico como cada vez que conduces tú y te pierdes porque eres incapaz de escuchar la vocecita del GPS.

Y si te cruzas con el lobo, no hables con él. No, mamá, no creo que hable con él.

No entiende Caperucita que a su madre le preocupen los horarios, la moda, su dieta y el lobo y no se le ocurra pensar que el mayor peligro del bosque estos días son los mafiosos que se ofrecen a llevarte hasta casa de la abuela usando los atajos si pagas el precio que a ellos se les ocurre.

Ha tardado más de lo que decía el prospecto, pero por fin ha funcionado el ansiolítico y ya se oyen los ronquidos de Caperucita. Han alcanzado tal volumen que uno de ellos la ha despertado de un sobresalto. No ha oído el despertador, que sonó hace tres horas.

Salta de la cama desnuda. No se para a vestirse, sólo se cubre con la caperuza. Pasa acelerada por la cocina y coge la cesta. En la puerta tiene aparcada su bici. Conecta el GPS y elige la ruta más corta. Entra en el bosque. Se cruza con los mafiosos que ofrecen sus servicios. Les escupe a la cara y sigue pedaleando. Y por fin llega a su destino. Allí está el lobo esperando. Ha encerrado a la abuela en el armario convenciéndola de que un poco de yoga y meditación le vendrá bien.

Tienen la cama libre y toda la tarde por delante. Sin la caperuza, por fin es ella.

Esta historia no es original, sino el desarrollo de una imagen que encontré en el muro de Pedro Peinado. Gracias por enseñarnos a la verdadera caperucita.

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5 de septiembre de 2015 - 20:19 h