La carta

Ignoro en qué medida se ha reducido el número de cartas que se envían en este país. No puedo ni imaginar cuánto ha reducido Correos el gasto en tinta de sus matasellos. Sólo me atrevo a asegurar que el género epistolar está cercano a su defunción.

Mi yo 2.0, ésa que emplea más de la mitad de sus días en convencerme de las delicias del mundo virtual, está convencida de que la evolución de las misivas no puede sino enterrar definitivamente el papel, los sobres y los sellos por los siglos de los siglos. Amén...

Pero la Agente 1.0, esa estúpida nostálgica que se regodea mirando viejos álbumes de fotos y que sábado tras sábado les da la paliza con pseudo sermones sobre las maravillas de la sencillez; ésa, que a veces parece la reencarnación de Karina, ésa se ha empeñado en emprender una cruzada por la recuperación del género.

La razón es tan simple como previsible. Esta semana un viejo amigo tiró de whatsapp para enviarle la foto de una carta escrita y firmada por la personaja hace 20 años. Inevitable la risa floja en el reencuentro consigo misma, justo después de reconocerse en la tercera línea. Y lamentable la intención de utilizar como excusa esos dos folios para volver a calentarles la cabeza y la pupila con la

facilona conclusión de que cualquier tiempo pasado con su tinta, su papel, su sobre, su sello, su buzón y su remitente fue mejor. Pero obligada la confesión pública de lo mucho que agradeció a ese viejo amigo la oportunidad impagable de reconocerse ante un espejo de boli y tachones.

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28 de febrero de 2014 - 20:42 h