Amor oxidado

María Victoria y Paco se han jurado amor eterno y para que no queden dudas han anclado un candado en el balcón del Guadalquivir y han tirado la llave al río. Justo después se han mirado a los ojos y besado

durante un par de minutos. Se han cogido de la mano y paseado por la ribera con esa sonrisa bobalicona que sólo saben poner los enamorados.

Se sienten los amos del mundo. Después de lo que han hecho, piensan, nada ni nadie podrá separarlos. Para asegurarse han candado un par de cerrojos pequeños al principal, así les ha quedado más fijo. La eternidad les espera.

No han pensado, claro, que su gesto ha matado a un par de peces e intoxicado a un pato que pasaba por allí. No han reparado en el detalle del óxido que empieza a lucir su candado, que ya muestra los primeros síntomas de desamor.

Las metáforas románticas se pueden volver en tu contra nada más girar la esquina. Una compra el candado más reluciente de la ferretería, pero olvida pasar de vez en cuando a limpiarlo y entonces el moho se hace el amo y sin darte cuenta miras en el paseo y ves al fondo cómo Paco lanza la llave de otro candado más nuevo, más joven y con las tetas más gordas.

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23 de febrero de 2013 - 11:41 h
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