Una maravillosa mentira

El lunes se cumplieron 70 años del estreno de la mágica y prodigiosa Casablanca. Recordando uno de los más famosos finales de la historia del cine, y sin tener en cuenta cuál fue el tortuoso camino que nos llevó a la celebérrima escena en el aeropuerto, me pica la curiosidad y me pregunto la razón por la que nos satisface tanto. ¿Por qué este desenlace nos resulta tan redondo y por qué cualquier otra combinación (como la de Ilsa y  Rick juntos, el consabido final romántico) nos parece inferior? Porque, y a despecho de las apariencias, el final de Casablanca realmente es un final feliz, el más feliz que cupiese imaginar.

Stendhal, escritor que se movía con absoluta maestría tanto en la narración de intrigas como en el dibujo (con finísimo pincel) de las emociones amorosas,  respondería certeramente a esta pregunta con su visión, casi inhumanamente austera, del amor. Si recordamos el diálogo final entre los amantes:

  • Si ese avión despega y no estás en él, lo lamentarás -le dice Rick- . Tal vez no hoy, ni mañana. Pero más tarde, toda la vida.
  • Nuestro amor, ¿no importa?
  • Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche.
  • Dije que nunca te dejaría -sonríe Ilsa.
  • Y nunca me dejarás.

Es posible que Rick esté diciendo a Ilsa lo que se está diciendo a sí mismo: que más vale quedarse con este segundo París en Casablanca; que cuanto suceda después de esa segunda cúspide amorosa solo puede ser decadencia y rutina. Lo que propone (y ambos aceptan tácitamente), es una especie de autocontrol romántico, dejarse el uno al otro en lo mejor, no caer en la tentación de caer en la comodidad de la vida vida amorosa, ese viscoso bienestar que terminar por sumir en el aburrimiento a los amantes correspondidos, tal y como manifiesta Stendhal. Lo que plantea es que es mejor dejarlo todo en un bello momento culminante que descender a la planicie de la costumbre amorosa, al cariño, al simple apego.

Además de todo ello, me gustaría pensar que, en un arrebato de rectitud moral, en Rick se refleja el deseo de hacer las cosas bien hasta las últimas consecuencias.

  • No sabe usted -explica al esposo de Ilsa, Víctor Laszlo-, que ella vino anoche a mi casa. Quería los salvoconductos. ¿No es así, Ilsa?
  • Sí -responde ella.
  • Hizo lo imposible por obtenerlos, incluso se empeñó en hacerme creer que aún seguía queríéndome. Pero eso pasó hace tiempo. Por usted, ella pretendió que no, y yo la dejé mentir.
  • Entiendo -responde Laszlo.

Y todos sabemos, claro está, que Laszo entiende. No sólo que ella le ha sido infiel, sino que lo ha sido con un hombre que merece la pena. Tanto, que puede aceptar sin deshonor esa revelación y no exigir cuentas a ninguno de los dos.

Además, contagiado por la altísima calidad moral de la atmósfera, hasta el cínico capitán Renault desvía las sospechas de Rick después de la muerte del coronel Strasser, arrojando además a la papelera una botella de agua de Vichy, un gesto que en esos días (no hay que olvidar que estamos en 1942) se entendía qué quería decir sin necesidad de comentarios.

Y es que, como despedida, no dejo de pensar que respecto al amor no hay suspiro, no hay descanso, aunque el humilde espectador de este sainete que es la vida vea la película con un escepticismo similar al de Rick.

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1 de diciembre de 2012 - 07:00 h